Situación de salud: morbilidad: suicidio  

 

La conducta suicida se presenta como un impulso autodestructivo del propio sujeto modulado por las pautas socioculturales. Se trata de un fenómeno complejo, con grandes dificultades para ser estudiado en todas sus dimensiones, debido a sus connotaciones de tipo jurídico, religioso y social. Dada la importancia del fenómeno del suicidio por sus repercusiones tanto sanitarias como sociales, éste merece una atención especial, de ahí que sea considerado fuera del apartado de Salud Mental, con el que está relacionado, como también lo está con Atención a las Personas Mayores, Drogas y Conductas Adictivas y Accidentes.

Las tasas de suicidio figuran entre los indicadores del estado de salud, definidos por la OMS en 1981, para vigilar el progreso realizado en el logro de los objetivos de la Salud para todos en el año 2000. El suicidio se encuentra entre las diez primeras causas de mortalidad en los países desarrollados, muriendo diariamente en el mundo, por esta razón, unas 1.000 personas. Los datos disponibles para su estudio poseen una escasa fiabilidad, estando a menudo infraestimados, de ahí que para el manejo de sus cifras se requiera cierta cautela. Ahora bien, una revisión de las mismas, escogiendo amplios períodos de observación, permite valorar las tendencias de este fenómeno. Por otro lado, el número de suicidios consumados no representa sino una parte del problema, por lo que es necesario considerar también las tentativas de suicidio, identificadas fundamentalmente en los servicios de urgencias de los hospitales.

Para describir la situación en Canarias hemos utilizado dos períodos; el primero, de 1977 a 1985, como muestra el Gráfico 1.E10, basado en datos de un estudio epidemiológico del suicidio consumado, y el segundo, de 1986 a 1989, empleando las cifras publicadas por el Instituto Nacional de Estadística (que son las últimas disponibles). Teniendo en cuenta las limitaciones citadas, comprobamos que para todo el período revisado (1977 a 1985), se han suicidado en Canarias al menos 1.482 personas. Ante estos datos, es posible esperar que en nuestra Comunidad Autónoma fallezcan por suicidio unas 124 personas anualmente. Se estima que la tasa específica de mortalidad por esta causa en Canarias está entre 7 y 10 suicidios por cada 100.000 habitantes/año.

La tendencia de las tasas en toda la Comunidad Autónoma, al igual que en el resto del territorio nacional, considerando ambos períodos por separado, ha ido en aumento. Teniendo en cuenta la distribución por provincias, se observa que para el período 1977 a 1985, las tasas fueron superiores en la provincia de Santa Cruz de Tenerife, invirtiéndose la situación a partir de esta fecha, con un incremento de las tasas en la provincia de Las Palmas y una disminución de las mismas en la de Santa Cruz de Tenerife. Durante el primer período (1977 a 1985), la tasa media anual de suicidios en las Islas Occidentales fue de aproximadamente 10 personas x 100.000 habitantes/año, mientras que en las Islas Orientales fue de 7 x 100.000 habitantes/año.

Para el período 1986 a 1989, como se observa en el Gráfico 2.E10, estas tasas fueron de 5,6 y 8,4 por 100.000 habitantes/año para Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria, respectivamente.

Muchos factores podrían explicar estas nuevas tendencias de la distribución geográfica del suicidio en nuestro Archipiélago, desde un mayor desarrollo en estos años de la Administración de Justicia en Gran Canaria, lo cual incide en la mejora del registro de casos, a la inexistencia en esos años de una cobertura de la Atención Especializada a la Salud Mental y Asistencia Psiquiátrica a nivel Primario, así como al incremento de la inmigración e, incluso, como consecuencia de un mayor impacto social del desempleo y la pobreza en la provincia de Las Palmas.

La tasa media en Canarias es de 8,5 suicidios x 100.000 habitantes/año, lo cual nos sitúa por encima de Comunidades como la Navarra con 5 suicidios x 100.000 habitantes/año, la valenciana con 6,8 suicidios x 100.000 habitantes/año y al nivel de la catalana con 7,5 suicidios x 100.000 habitantes/año.

Frente a otros países del entorno, estamos por debajo de sus medias ya que Dinamarca tiene unas tasas de 27 suicidios x 100.000 habitantes/año, Portugal de 24 suicidios x 100.000 habitantes/año, Francia de 22 suicidios x 100.000 habitantes/año, Suiza de 15 suicidios x 100.000 habitantes/año, Reino Unido y Holanda de 9 suicidios x 100.000 habitantes/año (Gráfico 3.E10).

En nuestro país, se observa que la tendencia en los últimos años ha ido hacia un incremento constante, en dos grandes grupos de población: los jóvenes y adolescentes y los ancianos. En Estados Unidos, el suicidio ocupa la segunda causa de muerte entre 15 y 24 años de edad y en nuestro país, concretamente en Cataluña, es la población entre 15 y 34 años la que experimenta el mayor incremento de las tasas de suicidio.

Clásicamente se distinguen dos tipos de suicidio, actualmente en revisión:

  • el suicidio, que podríamos calificar de auténtico, que afecta funda-mentalmente a los varones entre 40 y 60 años, caracterizado por utilizar un procedimiento eficaz.

  • el parasuicidio, cuyas motivaciones y procedimientos no tienen por finalidad la consecución de la muerte y que se observa con mayor frecuencia en las mujeres entre 15 y 25 años para alguna de sus variedades, como la llamada de atención para buscar un cambio en la situación personal. El método más empleado lo constituye la ingesta de fármacos. A este grupo de conductas parasuicidas pertenecen, también, los que adoptan conductas de riesgo para probar su valentía o apelando al destino, poniéndose en situaciones comprometidas pero inseguras frente a la vida: consumo excesivo de alcohol, tabaco, drogas, conducción temeraria, etc. Conviene recordar aquí que un número considerable y difícil de valorar de estas conductas conllevan la muerte.

La relación entre ambos es de un suicidio auténtico por cada 60 parasuicidios.

Los factores de riesgo del suicidio en nuestro medio coinciden con los descritos en la literatura científica. El riesgo es mayor en los hombres (3:1), sobre todo a partir de los 45 años. En ellos, el riesgo se incrementa en los separados y divorciados, seguidos de los viudos y los solteros. En cambio, en las mujeres, el mayor riesgo lo presentan las separadas y divorciadas, pero seguidas de las solteras y las viudas. En ambos casos, se trata de situaciones que apuntan a un mayor aislamiento social. Asimismo, se asocia a la presencia de enfermedades mentales y/o crónicas incapacitantes y dolorosas, las tentativas previas y/o los avisos de suicidio, y los antecedentes familiares de suicidio.

En lo que respecta a su relación con las enfermedades mentales, se ha observado una mayor frecuencia de suicidios en los enfermos mentales independientemente de su diagnóstico. Por lo tanto, la medición del fenómeno del suicidio puede ser utilizado como un indicador indirecto de los trastornos mentales en la comunidad:

  • En los niños y adolescentes, algo más de un tercio de los intentos de suicidio tienen como base una depresión, si bien la causa más frecuente siguen siendo los conflictos familiares.

  • Otro grupo de alto riesgo en la incidencia del suicidio es el de los ancianos, sobre todo si aglutinan el resto de los factores de riesgo, es decir, vivir solos, tener alguna enfermedad física o mental incapacitante y/o carecer de medios económicos suficientes. Su incidencia y tratamiento correspondería a la Atención a las Personas Mayores que ocupa otro apartado de este Plan de Salud.

La conducta suicida se eleva en sus tasas en las poblaciones de mayor nivel de vida, de entorno urbano y mayor densidad de población, mientras que parece disminuir en los sectores de economía baja, poblaciones de tipo rural y fuertes creencias religiosas. Quizás sea oportuno aclarar aquí que debemos diferenciar entre el suicidio activo, en el que el sujeto actúa para conseguir su muerte, sobre el que versarían más las estadísticas citadas, y el pasivo, en el que el sujeto se inhibiría de las conductas necesarias para conservar o defender la vida. Este último más difícil de evaluar y sobre el que tendríamos servida la polémica sobre el derecho a la muerte o eutanasia, no objeto de este capítulo.

En cuanto a los procedimientos de suicidio, los más empleados en nuestro medio son: el ahorcamiento, la precipitación de altura y el envenenamiento por órgano-fosforados. Estos últimos han sido responsables de gran cantidad de muertes en nuestro medio rural a causa de su fácil accesibilidad y su alta letalidad, tanto por suicidio como por accidentes domésticos.

A nivel preventivo hay que actuar a distintos niveles. Por una parte, disminuir los factores de riesgo, que como hemos podido comprobar afectan a diferentes áreas sociales, culturales, económicas, sanitarias, etc., centrándonos en este Plan en estas últimas. Por otra, el suicidio puede ser detectado precozmente y además se puede incidir en los grupos de mayor exposición.

En este último apartado se requerirán medidas de reconocimiento y diagnóstico precoz de la suicidabilidad, que estarían directamente relacionadas con el desarrollo de una red de atención a la salud mental, que contemple aspectos asistenciales sobre manejo y tratamiento del acto suicida en el nivel Primario de atención, así como en el Especializado (no debemos olvidar la cantidad de tentativas que pasan por los servicios de urgencias, tanto ambulatorios como en hospitales generales), de formación continuada con colectivos estratégicos y medidas de promoción para la salud.

En este sentido, en el Registro Acumulativo de Casos Psiquiátricos (R.A.C.P.), se ha creado un subregistro específico que permitirá el adecuado seguimiento de dichos casos, así como el establecimiento de unas tasas más realistas.

Además en el año 1996 el Servicio Canario de Salud subvencionó un trabajo, "Estudio epidemiológico de los parasuicidios en las islas de Tenerife (1992-96) y de Gran Canaria (1994-96) cuyas principales conclusiones fueron:

  • La tasa de parasuicidio estandarizada en personas mayores de 15 años fue 61,81 por 100.000 en Tenerife, y 103,7 en Gran Canaria, lo que significa 62 y 104 eventos por cada 100.000 habitantes respectivamente.

  • La máxima incidencia de eventos de parasuicidio se produjo en ambas islas a finales de primavera y durante el verano.

  • En cuanto al género, existe en ambas Islas un claro predominio en las mujeres, pero en Tenerife la relación mujer/hombre es 2/1 mientras en Gran Canaria es 3/2. Estos datos son coincidentes con los estudios realizados en otros países.

  • Con relación a la edad, en Tenerife el 65% de los intentos de suicidio se produjeron en el grupo de edad de 15-34 años, mientras que en Gran Canaria lo hicieron en un 68%.

  • En ambas Islas, y en relación al estado civil los solteros tienen mayor riesgo de eventos de parasuicidio.

La mitad de las personas que realizaron eventos de parasuicidio en Tenerife presentaban un nivel educativo bajo, frente a un 13,2% en Gran Canaria.


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