II Concurso Escolar de Relatos del IES José Zerpa 2025/2025
II Concurso Escolar de Relatos del IES José Zerpa


POEMAS
2026-02-01 | Primeros versos públicos (AEGG)

RELATOS
2025-08-31 | Transformación (Luciana Ortiz Delgado)
2025-06-02 | Los afortunados (Lorena Frutos Duda)
2025-05-23 | La conspiración del mascarero (Yénifer Madrigal Roca)
2025-05-22 | El reflejo de nuestro yo del pasado (Davinia del Carmen Alonso Castellano)
2025-05-19 | Los protectores de casas (Carlo Rocha Cabrera)

RESEÑAS
2024-03-24 | Entre ratoneras y cebaderos (Luciana Ortiz Delgado) / Maus, de Art Spiegelman

ARTÍCULOS
2025-04-29 | Lorca, antológico y zerpiano (V.S.S.)
2024-05-08 | Arte y pedagogía: teatro del Zerpa (V.S.S.)
2009-04-24 | Las primeras «12 horas de lectura colectiva» del Zerpa. Una crónica (V.S.S.)
2008-04-06 | Lorca redivivo en una noche mágica del Zerpa (V.S.S.)

LIBROS DEL ZERPA
1. 25 esperanzas contra el dolor (2016)
2. Mis libros, tus libros. Una antología compartida (2017)
3. Yo, tú… mujeres, siempre (2017)
4. Sus textos, nuestros textos. Edición especial dedicada a mujeres escritoras (2018)
5. Ágape vespertino. Mis libros, tus libros. Una antología compartida 2 (2021)
6. Irene Castro Guedes. Primer acto. Los libros malditos (2021)

LITERATURA CANARIA
1. Alexis Ravelo. Apuntes para una charla (2023)
2. Alonso Quesada. Apuntes para una charla (2025)
3. Breve paseo por la Literatura Canaria (2025)

CONCURSO ESCOLAR DE RELATOS (CERZERPA)
24/25 – Edición 1.ª: bases y acta de resolución.
25/26 – Edición 2.ª: bases.

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¿Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo?
¿Por qué con humildad no he de quererte
si en ti fui niño, y joven, y en ti arribo,
viejo, a las tristes playas de la muerte?

Tu pecho ha sollozado compasivo
por mí en los rudos golpes de mi suerte,
ha jadeado con mi sed y, altivo
con mi ambición, latió cuando era fuerte.

Y hoy te rindes al fin, pobre materia,
extenuada de angustia y de miseria.
¿Por qué no te he de amar? ¿Qué seré el día
que tú dejes de ser? ¡Profundo arcano!
Sólo sé que en tus hombros hice mía
mi cruz, mi parte en el dolor humano.

Domingo Rivero González (1852-1929), «Yo, a mi cuerpo».

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«[…] Canarias es por definición contraste: en su geografía y desde el influjo geográfico en el mismo ser del canario. Ese contraste es el que es necesario comprender y vivenciar, porque es requisito y exigencia fundamental para comprender la identidad psicológica de nuestro pueblo.

Es un pueblo “cerrado” y “abierto”. Cerrado por mandato de la propia geografía: islas pequeñas, lejanas, limitadas, montañosas. Pero es que, además, la geografía isleña ha arrojado el psiquismo canario hacia adentro. Parece como si hubiera dibujado en cada espíritu el contorno cerrado de sus islas: montañas levantadas como barreras que incomunican. Incomunicación por duplicado: con otros continentes, con otros mundos, con otras culturas e incomunicación con los pueblos isleños limítrofes. Cerrazón porque el mar a una con las montañas ha sido separación, frontera, horizonte cerrado. Las convulsiones sociales, ideológicas en Europa y del mundo llegan a las islas con ritmo retardado.

[…] El canario es, por tanto, aislado, incomunicado. Pero, a la vez, es un pueblo abierto a comprender nuevas rutas hacia otros continentes, porque el canario descubrió en el mar no solo separación, frontera, sino ruta de conexión con otros pueblos, ruta de apertura para los visitantes de fuera, y ruta de salida para los propios isleños. Quizás esa doble realidad “incomunicación de los pueblos” y, a la vez, “apertura a nuevos mundos” sea símbolo o causa explicativa del ser canario: hombre de comunicación abierta y espontánea y, a la vez, hombre de grandes silencios que guardan realidades y experiencias de las que nunca se habla.

Y en la misma línea de su psicología de contrastes, el canario es recio y a la vez inseguro.

El trabajo de la tierra, en una geografía ruda y montañosa, dura y hostil, acuñó en la entraña canaria la austeridad y el sacrificio. Trabajo en el que ha necesitado basarse durante siglos la actividad productiva del canario. Es un pueblo que, desde sus comienzos agrícolas, vive, junto con la dureza, la gran incertidumbre de la lluvia y del movimiento oscilante del mercado extranjero, al ser su agricultura eminentemente de exportación. Así, el hombre canario ha vivido como a impulsos de la esperanza y del temor, de la inseguridad y del riesgo. Tensión viva que se traduce a la hora del compromiso y del contrato en un ser indeciso, temeroso del riesgo, dosificando la palabra definitiva por el miedo de no cumplimentarla, y la inseguridad de que le cumplimenten.

[…] Ante la pérdida de verdad histórica de que adolece nuestra historiografía canaria es preciso aprender a leer en el libro vivo del “inconsciente colectivo del pueblo canario”.

Hay una historia de Canarias recogida en los libros, pero existe otra realidad canaria que los libros no supieron recoger. Los libros recogieron hechos aislados de nuestra historia, el “inconsciente colectivo” recogió la “vivencia” de los hechos experimentados por el pueblo en su propia carne. Por lo mismo, el “inconsciente colectivo” es más lúcido, más lumínico y más completo que los libros de historia. Estos están escritos casi siempre desde una ideología de intereses y una óptica reduccionista y, por lo mismo, incompleta. El “inconsciente colectivo”, sin embargo, repite fielmente la realidad histórica y su consecuente constelación de connotaciones psicológicas.

Tampoco recogieron las crónicas todo el complejo de reacciones emocionales: miedos por las amenazas de las incursiones asaltadoras, traumas del expolio operado por la Conquista, complejos creados por la marginación, inhibiciones psíquicas provocadas por el dominio. Todo este complejo anímico ocurrido en el útero de nuestra historia, olvidado por los libros, fue recogido fielmente en el “inconsciente colectivo” del pueblo canario […]».

Manuel Alemán, Psicología del hombre canario (1980).

·

Ya tengo preparada la maleta,
una maleta grande,
de madera;
la que mi abuelo se llevó a La Habana,
mi padre a Venezuela.
La tengo preparada: cuatro fotos,
una escudilla blanca, una batea,
un libro de Galdós y una camisa
casi nueva.
La tengo ya cerrada y rodeándola
un hilo de pitera.

Ha servido de todo. Como banco
de viajar en cubierta,
y como mesa y, si me apuran mucho,
como ataúd me han de enterrar en ella.

Yo no sé dónde voy a echar raíces.
Ya las eché en la aldea.
Dejé el arado y el cuchillo grande,
las cuatro fanegadas de la vieja…
«La hostelería es buena», me dijeron.
Y cogí la bandeja.
—Sí señor, no señor, lo que usted mande,
servida está la mesa…
Yo por vivir entre los míos hago
lo que sea.

Vi a las mujeres pálidas del norte
arrebatarse como hogueras
y llevarse las caras como platos
de mojo con morena,
tanto que aquí no dejan ni rubor
para tener vergüenza…
Vi vender nuestras costas en negocios
que no hay quién los entienda:
vendía un alemán, compraba un sueco,
¡y lo que se vendía era mi tierra!

Pero no importa, me quedé plantado.
Aquí nací, de aquí nadie me echa.
(Hasta que el otro día lo he sabido,
y he hecho de nuevo la maleta).

He sabido que pronto
van a venir de afuera
técnicos de alambrar los horizontes,
de encadenar la arena,
de hacer nidos de muerte en nuestras fincas,
de emponzoñar el aire y la marea,
de cambiar nuestros timples por tambores,
las isas por arengas,
las palabras de amor por ultimátums,
por tumbas las acequias…
Si se instalan los técnicos del odio
sobre nuestras laderas,
los niños africanos, desvelados
bajo la lona de sus tiendas,
mirarán con horror las siete islas,
no como siete estrellas,
sino como las siete plagas bíblicas,
las siete calaveras
desde donde su muerte, y nuestra muerte,
indefectiblemente se proyectan.

Yo por mi parte
cojo la maleta.
La maleta que el viejo
se llevó a las Américas
en un barquillo de dos proas.
¡Qué valientes barquillas atuneras!
Tienen dos proas, una a cada lado,
para que nunca retrocedan.
Vayan a donde vayan siempre avanzan.
¿Quién dijo popa? ¡Avante a toda vela!
Y yo… voy a marcharme, reculando.
Voy a dejar que crezca
sobre esta tierra mía
toda la mala hierba.
Voy a volver la espalda al forastero
que vendrá con sus máquinas de guerra
para ensuciar de herrumbre las auroras,
de miedo las conciencias…

Pensándolo mejor, voy a sacar
de la vieja maleta
el libro, la escudilla, la camisa,
la batea,
Voy a pintar y a barnizar de nuevo
su gastada madera,
voy a quitarle el hilo y a ponerle
la cerradura nueva.
Y con ella vacía
me acercaré a La Isleta,
y al primer forastero de la muerte
que llegue a pisar tierra
se la regalo, para siempre suya,
y que la use y nunca la devuelva.
¡No quiero más maletas en la historia
de la insular miseria!

Ellos, ellos,
que cojan ellos la maleta.
Los invasores de la paz canaria,
que cojan la maleta.
Los que venden la tierra que no es suya,
que cojan la maleta.
Los que ponen la muerte en el futuro,
que cojan la maleta.
¡Que cojan la maleta,
que cojan para siempre la maleta!

Pedro Lezcano Montalvo (1920-2002), «La maleta».