Semana de los finados

¿Qué celebramos esta semana en el IES Gran Canaria?

Hablemos de los Finados o Los Finaos, la celebración tradicional que en Canarias se realiza cada 31 de octubre, víspera del Día de Todos los Santos.

En esta tradición de las islas, familias y amigos, niños y niñas se reúnen la tarde-noche del día 31 a modo de convivencia para compartir charlas, juegos, chistes, anécdotas una buena comida, degustando todos aquellos frutos típicos de esta época. Así, asan castañas (fruto esencial de Los Finaos), piñas, nueces, y comen dulces típicos como el rosco de anís mientras pasan una agradable velada bajo la luz de las lamparillas o mariposas: trocitos de corcho circulares en los que se colocan pequeños pabilos y que flotando sobre aceite y agua arden en recuerdo de nuestras ánimas añoradas, esos seres queridos que ya no están con nosotros.

Ese ambiente familiar, antiguamente, traspasaba las puertas de las casas y la reunión proseguía ya en las calles mediante los Ranchos de Ánimas (agrupaciones musicales que salían el día de los Finaos de puerta en puerta con el propósito de recaudar fondos para las ánimas, con cantos monótonos y tristes acompañados de un lento y rítmico sonsonete metálico producido por triángulos, espadas, panderos) y otros grupos de folklore que animaban a todos los vecinos en la plaza del barrio.

¿Cuáles son las raíces de esta celebración?

En Galicia, Cantabria, Asturias y las provincias de León, R Zamora, Salamanca y Cáceres se celebra una fiesta tradicional con mucha relación conocida como El Magosto. En el sur de España, sobre todo en Murcia, Alicante y Andalucía, el día y la noche de difuntos se celebra con reuniones familiares, velas, castañas, higos y tostones.

El culto a los muertos, o a su recuerdo, es el punto de encuentro entre todas estas
tradiciones, que celebran el fin del verano y dan la bienvenida al invierno, recordando tiempos pasados. Y es que, para los antiguos pueblos celtas de la península y las islas británicas, el otoño era el momento de cambio. En concreto, en estas fechas ocurría el cambio de año: comenzaba el periodo oscuro, cuando las noches son más largas que el día. Durante estos días se celebraba el SAMAHÍN, el inicio del año celta, unos días en los que el mundo de los vivos y el de los muertos estaban más en contacto que nunca. En las casas celtas se abrían ventanas y puertas para permitir la entrada y salida de los espíritus. Se celebraba un banquete con ellos, donde se les servía al igual que al resto de la familia.
Algunos historiadores sitúan en la costumbre de hacerse máscaras contra los malos espíritus el origen de los actuales disfraces de Halloween.

Como también era un tiempo de recolección de frutos y semillas, muchos de los alimentos tradicionales de ahora provienen de aquel tiempo y tiempos romanos: bellotas, castañas, higos, nueces, manzanas… Así, el Samahín se convirtió en la fiesta de la cosecha romana, que fue convertida en una fiesta cristiana adaptando la celebración en honor a Todos los Santos. El Samahín, con sus cientos de vertientes, es una de las fiestas que más tiempo y mejor ha
pervivido a lo largo de los siglos. Desde el Neolítico, y hasta ahora, sin importar si es en una parranda en Agüimes, o frente a la lumbre en Irlanda, pasando por las castañas de Galicia, esta celebración recuerda a los que ya no están con nosotros y celebra que la vida sigue adelante, a pesar de la oscuridad y el frío, con la esperanza de un año nuevo.

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