Nivaria Tejera

Texto: Mari  Nieves Pérez Cejas

(1930 – 2016)

“En el barranco tenemos que escondernos. Allí está el hoyo, el guardian, la neblina. Nos haremos los muertos. Ven, más al fondo, más, más al fondo.”

 

 

 

Nivaria Tejera nace en Cienfuegos (Cuba) el 30 de septiembre de 1930, hija de madre cubana y padre canario. Muy pronto su familia se traslada a España y es en las Islas Canarias donde transcurre su infancia y donde les sorprende la guerra civil. Su padre, de ideas liberales y de izquierdas, es encarcelado hasta que en el año 1944 se produce su liberación y la familia regresa a Cuba. De nuevo en la isla de su nacimiento, Nivaria empieza a escribir y a publicar poesía en las más prestigiosas revistas cubanas de los años cuarenta y cincuenta, entre las que se encuentran Ciclón y Orígenes.
En 1949 publica su primer libro de poemas Luces y piedras y, diez años más tarde, se edita en Cuba su novela más conocida: El barranco. Un año antes, en 1958 había sido publicada en Francia; sin embargo, tendrán que transcurrir treinta años para que sea editada en España, concretamente en 1989. Esta novela en la que la autora narra su experiencia infantil sobre la guerra y sobre el doloroso encarcelamiento de su padre, es considerada por el hispanista francés Claude Couffon la primera novela escrita en castellano sobre la Guerra Civil y las cárceles franquistas. Asimismo, representa, de toda la creación literaria de la autora, el texto que mayor éxito ha obtenido, sobre todo en Francia, país en el que se considera una obra de culto, hecho que permitió que el resto de su obra se publicase allí con regularidad y en sellos de prestigio.
En 1971 su novela Sonámbulo del sol es galardonada con el Premio Seix Barral de Biblioteca Breve. El jurado que le otorga tal distinción está integrado por los siguientes nombres: Luis Goytisolo, Juan Rulfo, Pedro Gimferrer y Juan Ferraté.
Además de su labor como escritora, Nivaria Tejera trabajó para el gobierno cubano. De 1959 a 1965 fue Agregada Cultural en París y Roma, hasta el año 1965 en el que fija su residencia en París. Es la propia Nivaria Tejera la que decide renunciar a su puesto diplomático enviando una carta al ministro de exteriores de Cuba. Años más tarde, en una entrevista para el periódico El País, afirmaría lo siguiente: “Mi trabajo como agregada cultural consistía en casi nada, obedecer consignas, hacer propaganda rodeada de monstruos vigilantes.”
Ausente durante mucho tiempo de la atención de la crítica, la obra de Nivaria Tejera ha empezado a ser rescatada del olvido en los últimos años. En marzo de 2008 se organiza un coloquio literario sobre su obra en el Hunter College-CUNY de Nueva York, coordinado por María Hernández-Ojeda, en el que participan críticos de Estados Unidos y Latinoamérica. Ese mismo año participa en Valencia en el IV congreso internacional sobre creación y exilio, donde recibió un reconocimiento especial a su trayectoria.
Asimismo, en el año 2010 la editorial andaluza El Olivo Azul reedita El Barranco, acercándola así a los y las lectoras.
Nivaria Tejera fallece en París el 6 de enero de 2016.

 

 

 

Fragmentos de su novela El Barranco:

 


Aquí cuando llueve la tierra se pone tan arrugada y triste que da espanto. Uno no sabe a dónde mirar, tiene la impresión de que el aire va a faltar. Además la entrada se pone fangosa y los pajaritos no pueden volar debido a la fuerza de Ja lluvia que les impide abrirse paso. (Mamá y tía no podrán traer a Chicho.) Aunque el agua entre las hojas parece levantar un gran pájaro que golpea, pero que es monótono y nega a herir los oídos. Luego cesa la lluvia y el viento recorre los tejados de zinc y uno siente su peso en la cabeza Me gusta entonces mirar hacia abajo en un barranco vecino y pensar que papá no estuvo allí entre los objetos podridos que el viento mueve; que nunca estuvo allí muerto. Corro donde el está y lo contemplo durante mucho rato con placer, «papá está libre, a pesar de todo esta libre», hasta que lo digo en voz alta. (Porque él parece que todavía ignora esto, como si alguien le prohibiera estar libre, y por eso se esconde más. Al menor ruido se mueve a todos lados, como si lo llamasen las ventanas las paredes de madera al crujir o el retrato de abuela que mira desde su sitio. Luego se tranquiliza y me sienta en sus muslos, apoya su mentón en mi oreja, y se queda pensativo. Yo escucho que papá respira como un reloj y da horas temerosas en mí.)

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No entiende. He tratado de explicarle, pero mamá no entiende que para mi es vergonzoso cargar con el paquete de víveres desde la tienda hasta casa. Allí hay que pedir una y otra vez las cosas y rogarles que echen un poco más de azúcar y preguntar por qué el precio del jabón ya no es el mismo siendo la cantidad la misma, para luego saber explicarle a ella, y esperar a que arranquen los cupones de la libreta de racionamiento y por último ponerme colorada y tartamudear y torcerme las uñas contra el mostrador antes de confesarles que esto lo pagaremos después, la otra semana, y que lo atrasado, la entrante, la que sigue, y ver que ellos ponen mala cara y me hacen esperar dejándome para la última, porque habrá que busca; el folio que corresponde a esa cuenta tan larga. «Es natural que vayas, niña, yo no puedo ir», dice mamá cada mañana, y para eso me despierta una hora antes de irme al colegio. Y durante esa hora yo sufro, y sufro por la noche antes de dormir pensando en esa hora en la tienda, aguardando temerosa un momento en que nadie mire para acercarme al tendero y agarrarme con fuerza al mostrador, empinada todo lo que pueda, para decirle mi secreto, esa larga mentira de todas las semanas, y decirlo sin que se oiga, para que los demás no miren, y hacerle creer a un mismo tiempo que yo no sé que es una mentira, que esa cuenta no podrá pagarse hasta que transcurran muchas semanas y papá esté libre de nuevo y viva entre nosotros. (Me parece que ésa es la única manera de que él viva, porque estando allí, en la prisión, está muerto, muerto) Yo quiero explicárselo todo a mamá, explicarle que ir a la tienda me hace pensar en no ir más a la tienda y a su vez esto me da vergüenza porque siempre habrá que ir y en el trayecto me ven los otros niños y se ríen, siempre se ríen de que yo pueda cargar esos cartuchos, los más sucios, que son los que me dan; y también a veces las papas las envuelven en un saco que está roto y las papas se caen en el trayecto. Por todo esto, como la cara se me esconde detrás de los bultos, los chiquillos me dicen el mote de «cara de cartucho, cara de saco», hasta que lloro con el rostro apretado contra los víveres.

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Tía trajo a Chicho enfermo de difteria. Está hinchado y es terrible verlo tener ese dolor, sin quejarse. En un día se le ha hecho una arruga desde la frente hasta la nariz. De vez en cuando grita y se araña, por lo que hay que atarle las manos. Entonces se queda quieto, quieto, y nada de él se oye. «Hermanito». Luego el médico prohibió que me acercara «porque esto es contagioso». La hinchazón le ha cogido los ojos escondiendo sus pupilas. Creo que está ciego. Cuando lo dejan solo voy hasta allí, le desato las manos y lo arrullo bajito, hasta que él se abandona. Entonces su arruguita hace una señal de volverse más suave y yo entiendo que él todavía está vivo. Pido a Dios que reparta eso que le duele entre los dos. Mamá dice: «no es posible, no es posible», y no suelta ni un minuto las medicinas que él no quiere tragar. Papá Chano, el médico, no sale del cuarto. Como no habla, yo pienso que es difícil salvarlo. Le toma el pulso, lo tantea, prueba a abrirle la boca con dos arcos y a que beba de los pomos de medicina. Pero Chicho babea y da un chillido, siempre el mismo, y marca más la arruga. Debajo de su hinchazón nadie sabe si él duerme o si está yéndose.
Chicho se fue. Aunque vigilamos toda la noche. Lo supimos porque de pronto ya no fue un bulto, sino que empezó a hundirse, a consumirse. Ahora ya no respira. Pienso cuánto habré de extrañarlo. «Hermanito, si nunca te conocimos, si nunca hablaste».
Tía está doblada sobre el banco y se cubre los ojos con el pañuelo. Ya están cansados de llorar. Mamá se ha quedado tiesa, tiesa, al fondo del espejo. En su barriga está Chicho dormido, dormido desde que nació. (Ves, mamá. Ahora te pareces a ese niño pálido.)
En la ventana es de noche todavía. Abuelo ha regresado. No quiso ponerse a llorar sin estar papá. El trae la noticia. Papá no está en Faife. Esta mañana lo llevaron al campo de concentración a trabajar forzado y lo han incomunicado. «No es posible, no es posible. Santiago debe estar aquí, hay que enterrarlo». Y mamá mueve con su cabeza las palabras y llora. Papá no puede oírla.

Recuerdo aquel gatito que enterré, lo recuerdo bien. (Hermanito, no puedes andar lejos; tú nunca podías irte muy lejos cuando te perdías. Querías tú perderte? Papá no podrá venir a verte, debes saberlo, no vendrá más. El sí está lejo&todo el tiempo ya,, igual que si estuviese muerto y más que tú, porque no pensamos que es así y lo esperamos siempre. Ni él ni tú volverán. Puedes oírme, ahora que todavía no hemos abierto el cuarto, que no te has enfriado y nadie se atreve a cerrarte los ojos?
Han entrado muchos vecinos. Mamá tiene un ataque. Es la primera vez que la veo así. Tía la calma dándole golpes en la cara. A ella sólo le tiemblan las quijadas. Abuelo me lleva hasta la cocina a traer agua y acariciándome los hombros y dándome golpecitos, me invita a ser valiente, para los próximos domingos paseos hasta el mar, en tranvía.
Ahora disminuirá de cupones la libreta de racionamiento.

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Es en caravana como hay que ir al Campo de Concentración. Conté treinta y luego cuarenta personas. También había cinco perritos, muchos niños. Chicho faltaba y nadie se daba cuenta, pues no era allí donde faltaba, sino en nosotros. Ya mamá no lo cargaba y era igual que si le faltase un brazo, una pierna (ellos que siempre eran uno). La empujaban de un lado a otro y fue necesario llamarla y llamarla para que no se extraviase. Todos hablando a la vez formaban un murmullo extraño con fatiga. Yo pregunté a abuelo el significado de «campo de concentración». El no supo explicarme, pero recordé cuando yo estudiaba cerca de papá que él me revolvía el pelo con la mano diciendo: «concéntrate, lee con atención, concéntrate». Y luego me besaba el cuello, agregando: «hasta aquí debes llegar», señalándome el final de la página, y otra vez repetía la misma palabra: «concéntrate». Pero no creo que aquello que no comprendí sea igual que esto que no comprendo. Esto es un camino largo en la misma dirección, que no llega hasta el cuello, que no llega al final de nada, que no se sabe a dónde llega.
Llevábamos caminando más de una hora por aquella tierra empinada, con un par de guardias relevándose en cada curva y así hasta Los Rodeos, para que no nos desviásemos, como si nos hiciese falta otra cosa que acabar de llegar. Además, toda aquella bulla a la vez porque todos querían saber lo mismo. Y mamá se tocaba el pecho con fuerza, como si se registrara al quedarse atrás. Y yo no entendía que aquello se llamase ir al «Campo de Concentración», que se llamase así a caminar de aquel modo, apreta- dos y miedosos de llegar y también de no llegar. Al descubrir el campo me di cuenta de que no era igual a un día de visita a la prisión para estar con papá; allí no conocimos cuál es su dormitorio, ni hay manera de acercarse nunca como entre las rejas del locutorio. Era la hora en que regresaban de trabajar. Venían sudorosos y cruzaban al otro lado de un sendero enfangado. Entre papá y nosotros había anchas ver- jas con púas y también todo el fango por donde pasaban unas carretas, rodeadas de largas varas, que tiraban bueyes y caballos. Fue difícil vernos porque no les permitieron detenerse. Los perros ladraban. Yo me apreté a las púas, de tal modo que cuando quise saludar a papá con la mano, solté sangre. Debajo de los árboles y entre el bulto de las carretas y la distancia, su cara y el azadón que llevaba al hombro se parecían. Y mamá se parecía a las verjas, y abuelo se parecía a los caballos porque reconoció sus albardas y dijo: «son mis albardas». Yo no supe qué hacer al verlo y le indiqué por señas que Chicho no pudo venir. Luego imaginé sus piernas cansadas y me dije que hoy no hubiera podido cargarme.

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Allá marchan los camellos en fila enorme, camino de la montaña. Encorvados desde el África. Pare- cen riscos. Van a paso lento, mirando al suelo sin cesar. Pero vienen del desierto y traen las vejigas fuera. Allí almacenan el agua para las jornadas lar- gas, por donde no hay ni una aulaga que les sirva de alimento. La aulaga es una planta que da flores y espinas grandes. «El aire es aburrido, la arena es un misterio», pensarán ellos. De sus hocicos rosados parece salir una fuente y a la vez un desierto. «Estos dromedarios», dice abuelo, «son más duros que mi paleta.» Y es un acontecimiento, entre los camiones de guerra y los árboles, mirarlos desaparecer a lo lejos, siempre más a lo lejos, hasta donde sus patas de piedra lleguen, transportando armamentos, trans- portando sus jorobas. Si descansan un momento en su marcha serena los curiosos se sientan alrededor de sus zancas. Entonces ellos levantan el hocico, alto, como queriendo rehuir el olor del grupo. Yo aprovecho y los miro; tienen paz, comen espinas, son viejos y están conformes; siguen adelante sin saber otro camino ni otra labor. Pienso en el interior de sus gibas, en sus desiertos. Adentro de ellos son como una noria: tendrán un escondite de agua y también barquitos de papel y arañas de largo cuello como molinos de viento que les dan frío.
Me alejo imaginando si yo fuera un camello: un desierto, una aulaga, todo lo que ellos tragan para convertir en silencio.

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Volvíamos del cementerio y al doblar la esquina por donde el camino deja de ser piedras y humo de entierros recientes, me puso contenta ver un circo instalándose. Pero estaba triste porque la tumba de Chicho, que no es de mármol como las otras sino un montoncito de tierra, estuvo mal cuidada desde la última visita (para eso le damos dinero al que se encarga de limpiarla). Además, como había llovido, estaba enfangada. Sólo unas mariposas amarillas re- voloteaban alrededor con timidez; y en un surquito de agua, cerca de las margaritas que allí han crecido solas, se bañaba un pájaro. Esto me hizo pensar que era agua de muerte y no de lluvia. Estando allí me dieron ganas de aplastar con los pies esa parte baja del cementerio que nos tocó y que da siempre la impresión de hundirse, a ver si se acaba de hundir. También me dieron ganas de sembrar un níspero por ver si echa raíces y crece frondoso y la tumba no luce así, tan vacía entre las otras, como si Chicho no estuviera debajo. Aunque dudo mucho que esté. Mientras mamá y tía lloran yo imagino que él no está allí. Aunque seguramente esto es debido a que no vi cuando lo metieron dentro.
No muy lejos hay un panteón parecido a una mansión de muchos pisos, que pertenece a una so- ciedad de enterradores. «Descansando allí es posible no estar del todo en la tierra -me explicó tía – pero la mensualidad es elevada para nosotros.» Afuera, encima del celador brilla un letrero de bronce: «CA- BEN MIL.» Una vez entré para ver si se estaba mejor y luego he seguido entrando a robarme flores, pero todo es tan blanco allí que da miedo. Sólo que puedo robarme flores nuevas del color que prefiera, y clavar- las luego por los tallos sobre Chicho escarbando un poco la tierra húmeda. Entonces parece que han subido desde el fondo.
El cementerio es pequeño y estrecho. Al entrar esta mañana, el campanero explicaba a su amigo que pronto sería necesario ampliarlo sobre las malezas exteriores a los muros, diez metros cuadrados hacia el norte y siete hacia el sur. (Yo no quise pensar con este cambio adonde iría a parar Chicho.)
A veces las varas de piñón con que lo hemos rodeado y los pinos vecinos suenan como si fueran mástiles y uno recuerda el mar. El campanero tiraba de una cuerda, interrumpiendo con su rudeza aquella música. Un tamtam duro, que p e momento se volvía ligero «doblaba» despidiendo a alguien. «Ya no hay donde poner tanto estiércol», dijo. Y añadió que para colmo, arriba de la porquería había que formarles aquella brisa celestial, dándole sin descanso a la cuerda, para adormecerlos bien y que no molestasen de noche. Luego, mientras seguía tirando de la cuerda como de un trapecio, le aconsejó al amigo que se largara porque todavía iba por el tercero y que eran ocho. «Yo creo que se mueren más de una vez, los muy bichos.»
Sentí asco del viejo pero no dije nada. Cuando Chicho entró a ocupar su puesto, todo fue más silen- cioso. Como hoy llovía, y aunque me dejaron afuera con abuelo yo me di cuenta de que no hubo campana porque el campanero no había llegado aún. Y todo fue tan simple.
Es lamentable que tenga que haber cementerios. Pero también es razonable que los haya, pues no van a dejar los cuerpos descubiertos en cualquier sitio.
A la postre todo es razonable. Todo debe ser del modo que es.

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Fragmentos de la novela Sonámbulo del Sol
Fragmento 1
LA CALLE la ciudad la habana el amigo su forzado disponer de un tiempo la calle el tiempo creándote desenmascarándote con su sospecha y su suspenso… el vedado corriendo rectilíneo en pendiente que asciende del mar a otras rectas que descienden al mar la calle la guagua que te aleja a ninguna parte hacia la misma caótica arquitectura de intemperie… el desempleo es ya un trabajo el empleo del tiempo eso el amigo la calle la ciudad la nada la nada el agotamiento regularizado por el sol por las horas por las esquinas de esquina a esquina de trago a trago contemplando el hermoso cubo de hielo dentro del vaso imaginándose uno dentro del vaso congelado flotando sobre el jaibolito sobre el pacífico mar muerto del tiempo

Fragmento 2
«cómo no chico blanco y negro la verdá (blanca y negra) la verdá eh que si me ayudaran un poco pueh me hago millonario peseta a peseta ¿tú sabeh? porque aquí hay oro en cantidá en cantidá dondequiera lo que pasa eh que no se ve pero te hundeh un poquito no importa por qué lado de toda la ihla y aquello eh el fenómeno el oro ehtá ahí y reluse reluse…»
sus taponeos van y vienen vibran como los pañuelos de un mago y el blanco y el negro de los zapatos (de la verdad) van cobrando ondas y relieves espejismos sombras de un lago alteradas por el golpe de la piedrecita
«lo que pasa es que se necesitaría un equipo bien preparado con trajes de goma y glugluglu hasta el fondo porque todo está allá abajo y quién sabe si al ladito mismo del malecón quién sabe… lo que pasa es que los americanos se lo llevan todo, más de lo que pueden… pero ellos no saben lo que hay aquí escondido… con sus ojos azules y amarillos se encandilarían viejo se encandilarían…»

 

 

“Nivaria Tejera nos cuenta como poeta, sin retórica y sin énfasis, esta dolorosa experiencia infantil, logrando el milagro de restituirnos los seres y las cosas tal como pueden ser percibidos por una sensibilidad infantil: atmósfera más que descripción; cortos diálogos, pequeños cuadros netamente perfilados, personajes fragmentarios o episódicos cuyos rasgos se afirman mientras que otros permanecen ocultos en la sombra. Su prosa densa está sembrada de imágenes asombrosas, nunca gratuitas (…) Este pequeño libro está en la línea de los grandes libros”.
Geneviève Bonnefoi en la revista Les Lettres Nouvelles sobre la novela El barranco

Tanto en El barranco como en este otro libro, Espero la noche para soñarte, revolución, lo que distingue la escritura de Nivaria Tejera es una insobornable voluntad poética, que es la que cruza los libros y marca su personalidad para convertirla en una referencia de primera magnitud cuya lectura recomiendo muy vivamente a aquellos que consideren que la escritura es un rasguño, una señal en la tierra. Son dos libros conmovedores cuya escritura es una apuesta del alma, no la búsqueda de fijar ningún nombre en el calendario, sino de fijar en una pared imaginaria una mirada verdaderamente inolvidable.
Juan Cruz, periodista y escritor

Toda su obra insiste en su vertical postura sobre el exilio, con una voz nítida y ácida, intolerante con la demagogia, las manipulaciones políticas y el oportunismo intelectual.
Roger Salas, escritor

«A pesar del papel relevante que este texto ocupa en las letras hispanas, la crítica -excepto en Canarias- no ha rescatado El barranco del limbo literario en el que se le ha emplazado durante casi cincuenta años».
María Hernández Ojeda, filóloga y profesora del Hunter College de Nueva York

“Ignoro cuál será la suerte en Francia de este maravilloso relato. Considero que es el libro más sutil, más delicado, más verdadero que he leído desde hace mucho tiempo. Él me trae la más terrible de las acusaciones contra la guerra: la de una niña sola entre las ruinas. Inseparable del año 1936, documento más real que tal o cual historia que pretenda contarla, yo sé que este libro no abandonará ya mi biblioteca”.
Robert Sabatier, escritor francés, para la revista Le Temps des Hommes sobre la novela El barranco

 

HERNÁNDEZ-OJEDA, María (2009). Insularidad narrativa en la obra de Nivaria Tejera: Un archipiélago trasatlántico. Madrid: Editorial Verbum.

HERNÁNDEZ-OJEDA, María (2012). Canarias, Cuba, Francia: los exilios literarios de Nivaria Tejera. Madrid: Editorial Torremozas.

Daniel García Pulido, “A propósito de la novela “El barranco” de Nivaria Tejera”, Revista semanal de El Día, 3 de noviembre de 2013.
A propósito de la novela «El barranco» de Nivaria Tejera

Antonio Álvarez de la Rosa, “Nivaria Tejera: la escritura como ambición”, ACL.
Nivaria Tejera: la escritura como ambición

Paula Cabrera Castro, “El barranco de Nivaria Tejera: la Guerra Civil española a través de los ojos de una niña”, Universidad de La Laguna.
El barranco de Nivaria Tejera: la Guerra Civil española a través de los ojos de una niña

Novela El barranco de Nivaria Tejera

 

 

 

POESÍA

• Luces y piedras (1949).
• Luz de lágrima (1950).
• La gruta (1952).
• Alba en el niño hidrópico (1954).
• Innumerables voces (1964).
• La barrera fluídica o París escarabajo (1976).
• Rueda del exiliado (1983).
• Martelar (1983).
• Huir de la espiral (1987).

NARRATIVA

Nivaria Tejera escribió las siguientes novelas:
En 1959 ve la luz en Cuba su primera novela El barranco, cuyas páginas caminan por la ciudad de La Laguna, una ciudad contaminada por la guerra del 36. Sonámbulo del sol es el título de su segunda novela, que en 1971 recibe el prestigioso Premio Biblioteca Breve. En 1987 se publica Huir de la espiral y cuatro años después, en 1991 la novela Espero la noche para soñarte, Revolución, obra que se alza como finalista del Premio Plaza y Janés de ese mismo año. En 2015 se publica en Francia su última novela Trouver un autre nom à l’amour.
Todas sus novelas se publicaron como traducciones al francés antes de la edición en castellano de sus versiones originales.

Lengua Castellana y Literatura (LCL)

4º ESO

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