Miedo líquido y COVID-19

Durante la pandemia, el miedo se ha colado, sin pedir permiso, en nuestras vidas y en nuestras conciencias.

Esta pasión se percibe, con particular vehemencia, cuando uno toma conciencia de su vulnerabilidad, de su exposición al mal, a la enfermedad y a la muerte. Para tener miedo hay que tener conciencia, pues esta actúa como salvaguarda de la integridad física y moral. La inconsciencia, en cambio, nos conduce a la exposición y, finalmente, a la desintegración.

Toda crisis activa un haz de miedos que se multiplican y se recrean por el espacio. Lo constatamos diariamente en casa y fuera de ella. Miedo a ser contagiado, miedo a enfermar, miedo a no tener respirador, miedo al aislamiento, miedo a la muerte. Miedo por los seres queridos, miedo por nuestros ancianos, miedo a contagiar a los demás, a los niños, a los más frágiles de la comunidad. Miedo, también, en los supermecados, en los vehículos públicos, en las colas callejeras, en los aeropuertos y en las fronteras. El miedo se huele en cada esquina.

Existe una íntima correlación entre miedo y vulnerabilidad. Precisamente porque hemos experimentado, universalmente, nuestra idéntica vulnerabilidad, el miedo se ha hecho omnipresente. La pandemia no solo se ha extendido por los países en vías de desarrollo, sino por los estados más ricos y poderosos económica y militarmente del mundo. Nadie se ha escapado de ella, aunque las consecuencias de la tormenta planetaria han sido muy distintas en un lugar y en otro en virtud de muchas variables, pero, particularmente, de la fortaleza de sus Estados del bienestar y del liderazgo de sus gobernantes.

Es imprescindible tomar nota de esta lección para futuras pandemias y crisis globales climáticas que, con mucha probabilidad, tendrán lugar en las próximas décadas. Solo los países que hayan apostado decididamente por un servicio público de salud y por unos servicios sociales universales, asumiendo el coste que ello significa y las renuncias al bienestar y confort individual que esto conlleva, podrán enfrentarse, con ciertas garantías, a futuras catástrofes. Cuando estas extructuras públicas de tipo social no existan, se producirá una escalada de darwinismo económico. Los que tengan más poder adquisitivo, podrán resistir y se salvarán, mientras que el resto, perecerá.

El miedo se ha licuado. Hay que rendir un tributo póstumo a la metáfora de Zygmunt Bauman (1925-2017), porque dio en el clavo. Como un líquido, fluye por doquier, irriga todas las tierras y circula por todas las esferas sociales y por todos los canales de comunicación digital. Existe el peligro real de sucumbir a los que Peter Sloterdijk denomina histeria colectiva, lo cual solo puede tener consecuencias catastróficas.

Nadie escapa al miedo, porque nadie es inmune al sufrimiento, al dolor y a la muerte. Hemos visto caer un ejército de seres anónimos, de ciudadanos de a pie, pero también, a figuras del mundo político, económico y artístico, a famosos pudientes que no han podido vencer el virus.

Frente al miedo, el único fármaco posible se llama audacia, que no debe confundirse, jamás, con la temeridad. Ser audaz no es ser imprudente, no significa lanzarse a la piscina sin verificar si está llena o no. La audacia es compatible con la prudencia y la responsabilidad, pero da la fuerza espiritual para asumir los grandes desafíos sin amedrentarse.

FRANCESC TORRALBA

CONTAGIOSOS #9 | «ASÍ SUPERÉ MI ADICCIÓN A LAS DROGAS»

Era PUNK y alérgico a las normas. Con tan solo 16 años, ALEXIS se fue de casa, empezó a delinquir y a traficar con drogas. La adicción a la cocaína y otras sustancias, le hicieron descender a los infiernos durante varios años, hasta que un día no pudo más y, estando al borde del suicidio, pidió auxilio desesperado a sus padres. Con la ayuda de su familia pudo conocer la Comunidad Cenáculo. Allí, encontró la medicina que necesitaba: el amor de Dios y de sus hermanos en la Comunidad. Hoy, Alexis, es padre de 3 hijos, está felizmente casado y es un maravilloso ejemplo de superación y de esperanza.

Las dos caras de la moneda

Ganador en el II Festival Andalucine Juvenil de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado CEAR, categoría premio del público. Realizado por Jorge Orellana, Abdelouadoud Abboute, Mohamed Lamine, Abderrahim Belghalia, Mohamed El Azzouzi, Pedro Marcos Carrillo, Inma Diéguez, Elena Cuberos, Joaquín Agüero y Carmen Pastor. Con el apoyo especial de la Asociación Engloba en Granada.

El objetivo de este cortometraje es dar a conocer a varios chicos ex tutelados que pasan a formar parte de un Programa de Mayoría de Edad tras salir de un centro de protección de menores. Queremos darles visibilidad para mostrar que mientras están en estos programas, trabajan de manera intensa y a contra reloj distintas áreas como; emancipación, convivencia, autonomía, formación; para poder alcanzar su integración sociolaboral en el país de acogida. El vídeo pretende eliminar estereotipos erróneos que se tienen sobre estos chicos, mostrando su cara más positiva.

Los canarios de la mina

El gobernador Andrew Cuomo definió Nueva York como «el canario en la mina» que, con sus muertos, estaba advirtiendo de la pandemia a Estados Unidos. Desde hace un siglo, estos pajarillos se usan como centinelas en las galerías por su sensibilidad al grisú. Con la sola presencia de un 0,25 de dióxido de carbono, el ave perece. Nueva York ha dejado de cantar, en Broadway no suenan los musicales, pero el coronavirus se extiende. Madrid también dejó de cantar, como antes lo hicieron Lombardía y Wuhan.

Hay muchos lugares del mundo donde hay «canarios»: los pueblos indígenas del Amazonas, las mujeres de Ciudad Juárez, los osos del Ártico, los niños del coltán en Congo, las empleadas domésticas de Europa, los trabajadores suicidas de China, los mayores que mueren en residencias… Todos desfallecen en sus «jaulas» porque no pueden respirar.

La destrucción de la naturaleza, el maltrato animal, el hipercapitalismo, el sinsentido y la banalidad, las divisiones polarizadas, la violencia, la indiferencia al dolor y el integrismo religioso se han hecho respirables para nosotros. Respiramos y hacemos respirar a nuestros hijos este aire contaminado. Esta pandemia debería comprometernos a todos a no dejar nunca de escuchar el canto de tantos canarios que no pueden soportar esa contaminación porque su corazón es demasiado sensible y no está petrificado.

Las grandes tendencias sociales suelen afectar primero a la infancia, los mayores, las mujeres, las personas con discapacidad, los excluidos. Los más vulnerables son nuestros mejores centinelas. También hay otra gente sensible que enseguida percibe el aire viciado y alza la voz. Hay que permanecer atentos a estas avecillas. Los pobres, los poetas y los profetas.

FERNANDO VIDAL. Sociólogo