No ya niños

Ser como niños, sí, pero ¿hasta dónde?, y ¿en qué? La carta primera a los Corintios hace un par de puntualizaciones al «si no os hicierais como niños» de Mt 18, 13.

Para empezar, en 1 Cor 13, 11, Pablo habla de su propia maduración personal: «Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero, cuando llegué a ser hombre, dejé las cosas de niño (hice desaparecer lo propio de los niños)». Y algo después, en 1 Cor 14, 20, pasa a aconsejar a los destinatarios de su epístola: «No seáis niños en el juicio, más bien sed niños en cuanto a falta de malicia, pero en cuanto al juicio sed maduros». No me seáis niñatos, diríamos hoy; no seáis perpetuos adolescentes. Hay una inolvidable viñeta de Forges. Están hombre y mujer en la cama cuando oyen un berrido: «Buaaaa, quiero agua». La mujer dice: «Está llorando el niño». Y el hombre: «Tiene treinta y dos años». Sobran comentarios.

No razonar como un niño y madurez «en cuanto al juicio» dice 1 Cor. Es lo mismo de Kant en su llamada al «sapere aude«: «¡Atrévete a pensar, a conocer!», frente a lo que consideraba una «culpable minoría de edad». SI hubiera que cifrar en una sola actitud la diferencia entre esa irresponsable minoría de edad (entre la puerilidad o la adolescencia mal curada) y la mayoría de edad mental, se resumiría en eso: en un modo de conocer ilustrado, es decir, bien informado y (todavía algo más, en una nueva vuelta de tuerca) crítico, como puede y debe empezar a serlo al final de la enseñanza obligatoria. La educación tendría que contribuir al crecimiento y madurez de verdaderos hombres y mujeres, no niñatos sin autonomía propia, pendientes todavía de papá y mamá a los treinta años. Es el gran reto del educador: educar a niños y adolescentes para cuando (y para que) dejen de serlo.

ALFREDO FIERRO

Paradojas de la red

La red, tal como la conocemos, es un universo de paradojas. En ella está lo mejor y lo peor de la condición humana. Ofrece múltiples posibilidades educativas, pero también hospeda sombras muy oscuras. Cuando la red audiovisual visita al individuo, puede abrirle nuevos horizontes de conocimientos, de intercambios y de relaciones. Puede ayudarlo en el trabajo, facilitándoselo, complementando su quehacer cotidiano con la de otros que, a pesar de estar a una larga distancia, pueden compartir objetivos y deseos.

La red puede potenciar la comprensión de las personas sobre su mundo y procurarles más consciencia y autonomía. Nos puede comprometer a cada uno de nosotros con lo que pasa en el resto del mundo y aumentar nuestro sentido de compasión, de la solidaridad y de lo que desde muchas religiones se conoce como caridad. La red audiovisual puede construir algo parecido a una escuela universal que acerque los recursos del conocimiento a cualquier lugar y puede ser un vehículo perfecto para conectar a los que aprenden. Lo que se denomina e-learning puede revolucionar las formas de aprendizaje, haciéndolo más profundo, sólido y diverso.

Los medios telemáticos en las escuelas pueden potenciar nuevos estilos de aprendizaje, adaptar las tareas y los recursos didácticos a las necesidades de cada niño o de cada aprendiz, simular situaciones con las que adquirir experiencias imposibles de obtener de otra forma. Los profesores del mundo se pueden sentir asistidos y ayudados en su trabajo por la obra de la red de redes. Todos estos aspectos son, sin lugar a dudas, constructivos, pero la red aporta también elementos insolventes y destructivos.

Es fundamental no perder el sentido crítico y evitar sucumbir a la credulidad. La red puede ser una trampa para la independencia y autonomía de los individuos y constituir una vía de penetración e invasion para las estrategias de marketing y de comercialización, además de poder ser un vehículo de ideologización y manipulación muy poderoso. La red también nos puede atrapar, obligarnos a una conexión permanente que nos aleje de nuestro propio mundo interior. La red puede atrapar a niños y jóvenes y conducirlos a una existencia vacía; conducirlos continuamente a charlas vacías de sentido y a juegos violentos y agresivos. Es capaz de crear nuevas formas de adicción y dependencia emocional.

Frente a esta posibilidad, la educación en medios tiene que dedicarse a construir valores, proponiendo una revisión crítica de los procesos, y exigiendo, también, una transformación de las condiciones negativas. El uso de la red, sin la debida vigilancia, puede estar introduciendo en el aprendizaje fuentes interesadas, poco rigurosas y obscurantistas. Esto se puede producir en campos muy sensibles como pueden ser la medicina, la farmacia, la genética y otros; pero es más sutil el efecto en cuestiones que afectan al pensamiento social, al pensamiento político y cívico.

La red, especialmente en su dimensión televisiva, nos puede alejar del auténtico acto pedagógico y sustituir el auténtico magisterio y el esfuerzo del aprendizaje (y por qué no decirlo, también su placer) por un sucedáneo de transmisión de conocimientos, por la saturación de la información y por un tecnicismo vacío de contenido. La red puede privar también de sentido el acto creativo y original que tiene siempre que acompañar al auténtico aprendizaje por un copy-paste sin límite ni moderación. La red nos puede conducir al espejismo de sustituir cantidad de información por conocimiento y, lo que es más esencial, por sabiduría de la vida.

Por todo ello, es imprescindible navegar por la red con sentido y juicio crítico y tener la audacia de desconectar de ella. La libertad está en juego. Y no solo la nuestra, también la de las nuevas generaciones de navegantes.

FRANCESC TORRALBA

El arte de consolar

Las crisis exigen entrenarse en el arte de la consolación. Durante esta crisis pandémica global, muchos ciudadanos han perdido a sus seres queridos, otros han sufrido terribles pérdidas económicas, sociales y laborales. Poco o mucho, todos hemos perdido, y toda pérdida exige la elaboración de un duelo.

El duelo, que no es un proceso automático ni mecánico y que en cada persona tiene su tempo, se va a vivir con gran intensidad en este tiempo. Será necesario celebrar ceremonias familiares, institucionales, funerales de Estado, duelos en la intimidad y rituales en recuerdo de los seres queridos.

Tendremos que aprender a consolarnos a nosotros mismos sin caer en el victimismo ni recrearnos en nuestra desgracia, pero también deberemos consolar a nuestros seres queridos, a nuestros colegas del trabajo y vecinos que han visto cómo este tsunami global se ha llevado por delante todo lo que amaban. Todo el mundo tiene que contar algo, necesita narrar lo que ha sufrido, lo que le ha sido usurpado contra su voluntad.

No es fácil ejercitarse en el arte de la consolación. No sirven las bellas y solemnes palabras, tampoco relativizar el mal sufrido. Compararlo con el mal superior que otro ha sufrido no libera del mal que uno está sufriendo. Cuando uno está hundido en la desesperación, no está para escuchar sermones ni para largas peroratas.

Y, sin embargo, todo ser humano, aunque no lo reconozca explícitamente, aunque se cierre en banda, necesita ser consolado cuando todo cruje en su vida, cuando todo lo que para él era valioso se ha volatilizado. La necesidad de consolación es propia de un ser vulnerable y consciente como la persona humana, pero saber ofrecer esta consolación de un modo efectivo requiere unas habilidades que raramente desarrollamos. No estamos acostumbrados a ello. No nos lo ha enseñado nadie. Cuando alguien empieza a contar sus dolencia, fácilmente se responde de un modo reactivo, contando las propias, con lo cual no solo no se consuela al otro, sino que, además, se le aturde.

Nos da vergüenza tener que solicitar consolación. En una sociedad presidida por el arquetipo del hombre duro, triunfador y capaz de superar por sí mismo todos los retos que se proponga, solicitar consolación a alguien violenta porque, de un modo explícito, significa reconocer que uno no es autosuficiente y que necesita de los demás para seguir adelante.

Las familias que han perdido a sus seres queridos necesitan ser consoladas, pero también los profesionales de la salud, que han aguantado el tipo en primera línea de batalla. Están rotos por dentro y necesitan recomponer emocionalmente su ser. Reconocer esta necesidad no los hace, en ningún caso, débiles. Los hace humanos.

Cuando el mundo se agrieta, se derrumban todos los ídolos, se volatiliza el politeísmo espumoso de la vida posmoderna y uno necesita, más que nunca, una tierra firme donde posarse, un fundamento donde sustentarse.

Para consolar a alguien es imprescindible aprender a callar, a guardar silencio, pero, a su vez, a articular gestos de proximidad. El silencio no es la indiferencia, menos aún la pasividad frente al mal. Es un modo de estar y ser en el mundo. Consolar es, ante todo, escuchar, ofrecerse a la víctima para que vacíe los dolores que anidan en su pecho. El apenado necesita ser escuchado, verter su dolor. No le sirve un robot ni un animal, tampoco una pantalla de plasma.

FRANCESC TORRALBA. Filósofo

Linchamiento digital

Shitstorm significa «linchamiento digital». Así de claro y de duro. No hace referencia solamente a los insultos, ataques sistemáticos y abusos a través de las redes sociales. Alude a lo más íntimo de la persona, que se ve atacada, en nombre de la libertad de expresión, precisamente en su derecho a la libertad de expresión.

Esta realidad evidencia, primero, lo que le falta por aprender a todo el mundo -a unos más que a otros- sobre el respeto a ideas y planteamientos distintos. En segundo lugar, cómo una persona es capaz de emitir juicios sumarísimos por algo que ha oído o leído por encima. Y, en tercer lugar, la incultura de quienes viven instalados en la cultura de la incultura.

Casi nadie lee, pocos reflexionan, menos estudian. Citar a algún escritor que no sea Saint-Exupéry -nótese que cuando les preguntan a algunos qué libro están leyendo, siempre es El Principito– es tildarte de sibarita. Hablar de filosofía es ser retrógrada. Conocer a los clásicos, una pérdida de tiempo. No aplaudir alguna teología radical, sectaria e ideologizada te estigmatiza. Hacer un comentario sobre un tema sobre el que estás capacitada para hablar, desencadena las furias del infierno.

Como cristianos o simplemente como seres humanos con sentido común, es una cuestión ética y moral desenredar las redes sociales. No podemos consentir que los gritos ahoguen la palabra equilibrada y serena que aporta y anuncia. No podemos consentir que el insulto se convierta en categoría de comunicación, ni que el exabrupto sea la manera «coloquial» y admitida socialmente de dirigirse a alguien.

Me cuesta asumir que el estercolero que muchas veces manifiestan las redes, pueda darse entre el común de los mortales. Pero me resulta inverosímil cuando veo que ese estercolero también se da entre cristianos, añadiendo una ironía sarcástica y afilada como un cuchillo. Me causa una tristeza y una impotencia extremas y, a la vez, me maravilla la capacidad de no devolver el golpe de muchas personas que son atacadas. Hay que ser de muy buena pasta para resistir. Cada vez creo más en el silencio que ahoga la mala educación.

CRISTINA INOGÉS. Teóloga

El mito caído de la vejez

Antes de la epidemia, estábamos orgullosos de la extraordinaria longevidad de la vida humana que se había producido en los últimos cien años en nuestro avanzado Occidente. Y los ancianos ahora considerados como tales a partir de los 75-80 años, tenían la perspectiva de vivir una nueva juventud. Al menos, así lo creíamos, y de la misma manera lo visibilizaban las agencias de publicidad a través de sus anuncios, que les identifican como consumidores más que significativos. Spots que promocionan zapatos cómodos, audífonos, salvaescaleras, sillones que se levantan solos… sin olvidar los innumerables productos farmacéuticos. Todos los ancianos se presentan ágiles y guapos, pero, sobre todo, felices. Exhiben a personas mayores que corren como niños, juegan al tenis y practican running, posan como modelos que visten ropa de marca… Con canas y arrugas, pero siempre bellas. Incluso, vemos a ancianos que cortejan a octogenarias impecables, sin aludir a la cirugía estética, pero sí promocionando aparentes cremas milagrosas.

¡Y cuántas veces en un viaje nos hemos encontrado con grupos de ancianos organizados que parecen divertirse a lo grande ante la novedad de alojarse en un hotel o compartir la mesa con amigos! Realmente, parecía que estábamos en una nueva era, un nuevo pacto con el tiempo.

La pandemia lo ha cambiado todo. Nos ha devuelto a la tierra. Hoy los ancianos están en peligro, son la población de mayor riesgo y, al mismo tiempo, se les considera un pesado lastre en la lucha contra el virus, porque llenan las unidades de cuidades intensivos, impidiendo que los más jóvenes accedan a ellas y quizás se curen. Por otro lado, siguen encerrados en su casa, en la oscuridad y melancólicos, con sus numerosas patologías que ya no pueden mantener a raya con controles médicos periódicos. Y el futuro, en el que se acumulan las nubes de una grave crisis económica, no augura nada bueno para las pensiones. De repente, el mito de la prolongación de la vida humana ha perdido todo encanto, ya no se cuenta entre los resultado positivos de la modernidad.

LUCETTA SCARAFFIA. Historiadora

Teología para religiones enfermas

El dominico Adrien Candiard ha publicado Del fanatismo. Cuando la religión está enferma, donde defiende que, para comprender el yihadismo islámico, no bastan explicaciones psicosociales, sino la razón teológica. En 2016 publicó Comprender el Islam o mejor dicho: por qué no entendemos nada. Esta puede ser una buena conclusión de cómo está Occidente respecto a la violencia de algunos grupos musulmanes: no entendemos nada.

El motivo principal es la exclusión de la teología del pensamiento público y el diálogo con la filosofía y las ciencias humanas y sociales, físicas y de la vida. La expulsión de la teología de la vida intelectual y científica de la sociedad lleva a que la sociedad sea incapaz de comprender profundamente estos fenómenos, la dimensión religiosa en su conjunto y la condición humana. Y lo que es más grave: la solución a la violencia de raíces teístas necesita de la teología para sanar religiones enfermas que producen esos males. Es imprescindible incluir a los teólogos en la reflexión pública y especializada sobre violencia religiosa.

El fanatismo no es un fenómeno religioso, pero las religiones son vulnerables a ser manipuladas por él. Las violencias, exclusiones e intolerancias hacen enfermar fácilmente a las religiones y se necesita que la teología razone con todas las libres potencias del pensamiento. Por haber excluido toda teología de la vida pública, ahora se extiende una religiosidad enferma por la misma.

Solo una teología profundamente elaborada, en convivencia y diálogo con las ciencias, integrada en las universidades, contrastada y criticada con la libertad de la razón, es garantía del desarrollo de religiones sanas y de que, cuando enfermen, desde la sociedad podamos comprender, prevenir y curar.

FERNANDO VIDAL. Sociólogo

«Educar es cosa de una mirada», sobre todo si llevamos mascarilla

Muchos maestros y profesores se preguntaban, en el ya lejano mes de septiembre, cómo sería posible iniciar un curso escolar cubriéndose la mayor parte del rostro con una mascarilla.

Se enfrentaban, de forma valerosa, al difícil arte de la educación conscientes de que tendrían delante una barrera infranqueable que haría muy difícil su tarea cotidiana. Ellos, siempre acostumbrados a expresar emociones en el aula, estupendos actores y actrices que acompañaban sus magníficas explicaciones con amplias sonrisas o con el ceño fruncido, se enfrentaban a un gran desafío: cómo educar con un semblante escondido.

Muchos parecían encontrarse «huérfanos» de emociones tras los muros de una sencilla mascarilla. Otros intentaban sobreponerse, luciendo los diseños más divertidos y originales cubriendo su rostro.

Pero la mayoría no permitieron que el pesimismo y la tristeza les embargara y cual «magos de la educación», sacaron de su «chistera», como por arte de magia, el mejor recurso del que disponían: la fuerza de su mirada.

La mirada se presentó, desde ese momento, como una excelente compañera de camino para cada profesor; para cada maestro que cada mañana llegaba a su escuela dispuesto a darlo todo con un arma tan potente.

Al llegar muy temprano, a la puerta de su escuela, cada profe sabía que debía expresar lo mejor que llevaba dentro con la fuerza de su mirada, para que cada alumno sintiera la seguridad de que todo iba a ir bien.

¡Cuántas miradas sonrientes han adelantado, al inicio de cada jornada escolar, el calor de una sonrisa, la seguridad de un abrazo, la palabra de un buen amigo! ¡Cuántos ojos sonrientes, detrás de las infinitas mascarillas, han hecho posible un milagro cada día!

Cada mañana, sin desfallecer jamás, nuestros maestros y profesores han sido el «despertador de la alegría» que necesitaban numerosos alumnos y familias para continuar mirando al futuro con un poco de esperanza.

La mirada de nuestros profes nunca se volvió triste y desesperanzada. ¡Todo lo contrario! Porque ellos también sufrieron. La enfermedad y la muerte también tocó a su puerta. Pero, aún en momentos complicados y difíciles, su mirada permaneció fija y segura en los ojos de cada uno de sus alumnos. ¡Quién sabe también si en los ojos del Señor o de su madre, María!

Nuestros profesores, nuestros maestros, han entendido muy bien eso de ser «personal de primera necesidad» entre los niños y jóvenes, la porción más preciosa del Reino de Dios.

San Juan Bosco, educador por excelencia, solía repetir continuamente que «educar es cosa del corazón». Ahora, contemplando a nuestros profes, podemos seguir afirmando esta máxima excelentemente enriquecida con el valor de una mirada: la de cada profesor y cada maestro que ha regalado su mirada incondicional y verdadera a todas las personas con las que se ha encontrado cada día.

Gracias queridos profes, queridos maestros. Hoy podemos afirmar, gracias a vosotros, que «la educación se ha jugado en una mirada».

Mamen Santiago, FMA

Contra la resignación

Los tiempos que vivimos no son proclives a cultivar la virtud de la esperanza. Y, sin embargo, en situaciones de crisis global, es más necesario que nunca resistir a la tentación del desánimo. Si es verdad que hemos entrado en una nueva normalidad, también lo es que se requiere una nueva actitud para situarse en ella. La nostalgia del mundo perdido no nos conduce a ningún lugar.

El cuadro que se dibuja en el horizonte es dantesco para muchos ciudadanos y sus familias. El pronóstico es infausto. En el frontispicio del infierno de Dante se puede leer el imperativo: abandona toda esperanza. Este sonsonete puede acabar taladrando nuestros oídos en el futuro. Es vital articular un discurso plausible, razonable y fundamentado en la esperanza.

La esperanza se relaciona íntimamente con tres categorías: el futuro, el bien arduo y la confianza. Partimos de un implícito: el devenir está abierto. Este implícito no se puede demostrar científicamente, como tampoco su contrario. La esperanza no es un sentimiento naif, ni una salida voluntarista. Tampoco un bálsamo para indocumentados o necios. Exige, como condición de posibilidad, el conocimiento de que alcanzar el bien es arduo, y eso requiere entrega y dedicación para neutralizar las poderosas fuerzas del mal que se manifiestan con mil rostros.

Los argumentos apocalípticos se venden al por mayor. Es fácil hallarlos. Basta con sentarse frente a un telediario y procesar noticias negativas. Sobran razones para experimentar la moral de derrota, el hundimiento colectivo. Precisamente en este tipo de situaciones es cuando se requiere, con más vehemencia que nunca, el intangible de la esperanza, como una reserva espiritual, como un depósito de energía, pues solo así se puede contrarrestar la fuerza gravitatoria del desencanto.

Toda crisis es una apisonadora de ilusiones y exige ductilidad y fortaleza. La historia demuestra que las crisis siempre se ceban con los más frágiles. Hemos entrado dentro del túnel y no sabemos cuánto tiempo vamos a permanecer en él. Muchos experimentan impotencia y miedo.

El mundo, más cerca del colapso ecológico que nunca, se ha convertido en un gran basurero que da vueltas al sol. La crisis pandémica todavía ha empeorado más esta situación y el riesgo del perverso final está más cerca.

Es fácil dejarse llevar por la prosa apocalípticalíptica. Los intelectuales de referencia internacional nos tienen acostumbrados a ella. Tampoco les falta razón. Sin embargo, lo que urge, en esta coyuntura histórica, es todo lo contrario: confianza y creatividad.

El mundo necesita esta reserva de energía espiritual para poder superar los múltiples desafíos sociales, económicos, políticos, laborales, ecológicos, educativos y culturales quer tiene sobre la mesa.

La crisis ecológica ha despertado una conciencia medioambiental que no existía en el imaginario colectivo. Quizás demasiado tarde, pero ahí está, abriéndose paso entre los más jóvenes. Podemos cambiar actitudes, procedimientos y estilos de vida.

Hay un virus más tóxico que el coronavirus. Se llama resignación. Es de fácil contagio. Basta con dejarse llevar por la prosa apocalíptica y repetir tópicos. Se inocula a gran velocidad y cala hasta las entrañas. Quienes lo sufren se convierten en seres amargados, criticones empedernidos, asqueados del mundo; en ciudadanos nostálgicos de una arcadia que nunca existió.

FRANCESC TORRALBA. FILÓSOFO

Miedo líquido y COVID-19

Durante la pandemia, el miedo se ha colado, sin pedir permiso, en nuestras vidas y en nuestras conciencias.

Esta pasión se percibe, con particular vehemencia, cuando uno toma conciencia de su vulnerabilidad, de su exposición al mal, a la enfermedad y a la muerte. Para tener miedo hay que tener conciencia, pues esta actúa como salvaguarda de la integridad física y moral. La inconsciencia, en cambio, nos conduce a la exposición y, finalmente, a la desintegración.

Toda crisis activa un haz de miedos que se multiplican y se recrean por el espacio. Lo constatamos diariamente en casa y fuera de ella. Miedo a ser contagiado, miedo a enfermar, miedo a no tener respirador, miedo al aislamiento, miedo a la muerte. Miedo por los seres queridos, miedo por nuestros ancianos, miedo a contagiar a los demás, a los niños, a los más frágiles de la comunidad. Miedo, también, en los supermecados, en los vehículos públicos, en las colas callejeras, en los aeropuertos y en las fronteras. El miedo se huele en cada esquina.

Existe una íntima correlación entre miedo y vulnerabilidad. Precisamente porque hemos experimentado, universalmente, nuestra idéntica vulnerabilidad, el miedo se ha hecho omnipresente. La pandemia no solo se ha extendido por los países en vías de desarrollo, sino por los estados más ricos y poderosos económica y militarmente del mundo. Nadie se ha escapado de ella, aunque las consecuencias de la tormenta planetaria han sido muy distintas en un lugar y en otro en virtud de muchas variables, pero, particularmente, de la fortaleza de sus Estados del bienestar y del liderazgo de sus gobernantes.

Es imprescindible tomar nota de esta lección para futuras pandemias y crisis globales climáticas que, con mucha probabilidad, tendrán lugar en las próximas décadas. Solo los países que hayan apostado decididamente por un servicio público de salud y por unos servicios sociales universales, asumiendo el coste que ello significa y las renuncias al bienestar y confort individual que esto conlleva, podrán enfrentarse, con ciertas garantías, a futuras catástrofes. Cuando estas extructuras públicas de tipo social no existan, se producirá una escalada de darwinismo económico. Los que tengan más poder adquisitivo, podrán resistir y se salvarán, mientras que el resto, perecerá.

El miedo se ha licuado. Hay que rendir un tributo póstumo a la metáfora de Zygmunt Bauman (1925-2017), porque dio en el clavo. Como un líquido, fluye por doquier, irriga todas las tierras y circula por todas las esferas sociales y por todos los canales de comunicación digital. Existe el peligro real de sucumbir a los que Peter Sloterdijk denomina histeria colectiva, lo cual solo puede tener consecuencias catastróficas.

Nadie escapa al miedo, porque nadie es inmune al sufrimiento, al dolor y a la muerte. Hemos visto caer un ejército de seres anónimos, de ciudadanos de a pie, pero también, a figuras del mundo político, económico y artístico, a famosos pudientes que no han podido vencer el virus.

Frente al miedo, el único fármaco posible se llama audacia, que no debe confundirse, jamás, con la temeridad. Ser audaz no es ser imprudente, no significa lanzarse a la piscina sin verificar si está llena o no. La audacia es compatible con la prudencia y la responsabilidad, pero da la fuerza espiritual para asumir los grandes desafíos sin amedrentarse.

FRANCESC TORRALBA

Los canarios de la mina

El gobernador Andrew Cuomo definió Nueva York como «el canario en la mina» que, con sus muertos, estaba advirtiendo de la pandemia a Estados Unidos. Desde hace un siglo, estos pajarillos se usan como centinelas en las galerías por su sensibilidad al grisú. Con la sola presencia de un 0,25 de dióxido de carbono, el ave perece. Nueva York ha dejado de cantar, en Broadway no suenan los musicales, pero el coronavirus se extiende. Madrid también dejó de cantar, como antes lo hicieron Lombardía y Wuhan.

Hay muchos lugares del mundo donde hay «canarios»: los pueblos indígenas del Amazonas, las mujeres de Ciudad Juárez, los osos del Ártico, los niños del coltán en Congo, las empleadas domésticas de Europa, los trabajadores suicidas de China, los mayores que mueren en residencias… Todos desfallecen en sus «jaulas» porque no pueden respirar.

La destrucción de la naturaleza, el maltrato animal, el hipercapitalismo, el sinsentido y la banalidad, las divisiones polarizadas, la violencia, la indiferencia al dolor y el integrismo religioso se han hecho respirables para nosotros. Respiramos y hacemos respirar a nuestros hijos este aire contaminado. Esta pandemia debería comprometernos a todos a no dejar nunca de escuchar el canto de tantos canarios que no pueden soportar esa contaminación porque su corazón es demasiado sensible y no está petrificado.

Las grandes tendencias sociales suelen afectar primero a la infancia, los mayores, las mujeres, las personas con discapacidad, los excluidos. Los más vulnerables son nuestros mejores centinelas. También hay otra gente sensible que enseguida percibe el aire viciado y alza la voz. Hay que permanecer atentos a estas avecillas. Los pobres, los poetas y los profetas.

FERNANDO VIDAL. Sociólogo