La rebelión de «los nadies»

CINE: NUEVO ORDEN

Se le atribuye con frecuencia a Platón aquello de que «solo los muertos han visto el final de la guerra». La cita, sin embargo, pertenece a la obra Soliloquios en Inglaterra, de George Santayana (1863-1952). Y a este filósofo de origen español y profesor en Harvard le debemos también la reflexión que daría lugar a una de las sentencias más recurrentes y menos practicadas entre los humanos de cualquier época: «Quien no conoce su historia está condenado a repetirla».

¿Por qué esta aparente disgresión inicial para hablar del Nuevo orden imaginado por Michel Franco? Porque la distopía tan real que plantea el realizador mexicano en su último trabajo no solo pone en guardia al espectador ante un futuro no muy lejano, incluso el presente, de su país (de cualquier país), sino que anima a buscar en el pasado las causas del caos y el pánico desatados que asaltan la pantalla durante una hora y media. Una situación descontrolada y de incierto desenlace, que revela el enfoque equivocado con el que muchos gobernantes se enfrentan a las crisis: en vez de atender a las razones del descontento social, se limitan a sofocar los levantamientos cuando se producen.

Los hechos arrancan en una lujosa vivienda de una exclusiva colonia residencial en Ciudad de México, donde políticos, arquitectos, abogados y otros invitados de postín se dan cita para celebrar la boda de la hija del anfitrión, blindados por un fuerte despliegue de seguridad privada. Una pintura mural del artista abstracto local Omar Rodríguez-Graham, de título ya familiar y premonitorio (Solo los muertos han visto el final de la guerra), preside la celebración. Simultáneamente, a escasos metros de allí, del otro lado de los altos muros de la casa, una manifestación de las clases populares está derivando en una revuelta de impredecibles consecuencias.

El choque violento de dos mundos tan alejados entre sí se antoja inevitable, y la burbuja de bienestar ciego y sordo que se han construido esos blanquitos, ajenos incluso a las necesidades de su propio servicio doméstico, pronto saltará por los aires, convirtiendo lo que se presumía como una jornada de felicidad en una pesadilla de violencia, destrucción y muerte. Un dramático giro de los acontecimientos que dará paso a un golpe de Estado y la consabida represión militar, de la que no se libra nadie: ni los ricos con sus limosnas ni los pobres con sus carencias.

A partir de ese momento, la joven novia y uno de los sirvientes que trabajan para la familia serán nuestros ojos en un viaje sin concesiones por el horror (cadáveres que se hacinan en la calles) y la miseria moral (colas de la sed) de un tiempo sometido a confinamientos y toques de queda , mientras los abusos, extorsiones, torturas, secuestros y ejecuciones campan a sus anchas. Un estallido visual y sonoro, tan sobrecogedor como hipnótico, del que resulta difícil sustraerse.

El Nuevo orden concebido por Franco no encierra la promesa de un cambio, sino una urgente advertencia: o reducimos por medios civilizados el insostenible abismo de las desigualdades, sin acallar las voces disidentes, o la rebelión de «los nadies» colapsará un día el sistema establecido abriendo la puerta a un escenario insospechado y quién sabe si irreversible.

Disfruten de esta gran película… si el cuerpo y la conciencia se lo permiten.

J. L. CELADA

De víctima a heroína

CINE: VOLVER A EMPEZAR (HERSELF)

Una joven madre explica por enésima vez a sus dos pequeñas cómo, estando «en el bolsillo de Dios», el Creador decidió hacerle una marca debajo del ojo izquierdo para así poder encontrarla, porque «¡hay un montón de Sandras en Dublín!». Pero no solo allí, habría que añadir. En toda Irlanda y en cualquier país del mundo, son muchas las mujeres que -como la protagonista de Volver a empezar (Herself)– trabajan de sol a sol para sacar adelante a los suyos y construir un hogar donde crecer felices.

De entrada, parece un detalle de lo más inocente. El antojo divino para identificar a una de sus criaturas despierta la curiosidad infantil, hasta convertirse en un secreto familiar. Sin embargo, Phyllida Lloyd lo transforma en una inequívoca declaración de universalidad: el personaje que soporta todo el peso narrativo y dramático de su tercer largometraje (Claire Dunne, también coautora del guión, en su salto de las tablas a la gran pantalla con una interpretación absolutamente conmovedora) es una de las tantas heroínas anónimas dispuestas a tomar las riendas de su propio destino.

Ella misma -así reza el título original, bastante más preciso que su versión española- quiere ser la única dueña de su vida, aunque no lo tendrá fácil. La realizadora británica nos hace partícipes, entonces, del viaje incierto en busca de nuevos horizontes de esta cuidadora, limpiadora y, sobre todo, madre. No en vano, sus dos hijas son su principal razón de ser, el motor de sus decisiones, y las que mejor explican su fortaleza y valentía frente a la adversidad, cuando acumula sobrados argumentos para sentirse una víctima. Del maltrato de su expareja y padre de las niñas, cuyas secuelas todavía arrastra; y de la burocracia administrativa (de los servicios sociales, del sistema judicial…), que menosprecia o desatiende sus requerimientos para revertir la situación.

En este combate desigual, objeto de lúcidas críticas en no pocas producciones del veterano Ken Loach, su compatriota Lloyd introduce un rayo de luz muy de agradecer. Lo describe con el término irlandés meitheal, algo así como el trabajo en equipo, cooperativo, de una cuadrilla de amigos y desconocidos que contribuirán generosamente a levantar una casa para las tres donde Volver a empezar y ser ella misma. Huyendo de la violencia machista y del abandono institucional, nuestra Sandra encuentra un cálido refugio de fraternidad que la (nos) reconcilia con el ser humano.

La directora que en Mamma mia! (2008) puso a cantar y bailar a la mismísima Meryl Streep, a quien luego metió en la piel de La dama de hierro (2011), cambia ahora de escenario y de registro para reivindicar tres valores que, por los motivos más diversos, siempre amenazan ruina: la dignidad, la solidaridad y la esperanza. Caprichos (o no) del lenguaje, tres sustantivos femeninos que estamos llamados a defender entre todos. Y esta película nos enseña que, dado el complejo e incierto momento que atravesamos, se hace más necesario que nunca edificar nuestras sociedades sobre pilares sólidos. Sobre un trípode como ese, que exige sacrificios, voluntad y fe, mucha fe. Claro que si algo tiene el buen cine son recursos suficientes para hacernos creer y soñar que aún es posible la utopía.

J. L. CELADA

El protocolo del corazón

CINE: ESPECIALES

Un preaviso para huir de etiquetas y despejar equívocos: estos Especiales no son los parientes franceses de nuestros Campeones. A sus creadores, Eric Toledano y Olivier Nakache, les debemos un éxito mundial en taquilla como Intocable (2011), santo y seña de la comedia dramática de buenos sentimientos. Más tarde, aunque en menor medida, se ganaron también el favor del gran público con la bienintencionada Samba (2014) y la simpática C´est la vie (2017). Su intención ahora, sin embargo, no es tanto ya complacer o hacer reír cuanto contribuir a la humanización de una sociedad cada vez más insensible ante ciertas realidades y, sobre todo, homenajear a esos colectivos capaces de identificar un problema y actuar sin esperar a que «papá Estado» ofrezca la solución.

Aprovechando sus vivencias juveniles como monitores de campamento, la pareja de guionistas y realizadores galos construye una historia con vocación de denuncia vertebrada en torno a dos amigos -uno judío (Vincent Cassel, alejado de sus registros habituales) y otro musulmán (Reda Kateb)- y sendas organizaciones sin ánimo de lucro que tienen a su cargo: «La Voz de los Justos», que acoge y tutela a niños y no tan niños con distintos grados de autismo, ciudadanos ignorados o enfermos sin expectativas de mejora; y «La Escala», que forma a jóvenes en riesgo de exclusión social para que atiendan a estos casos urgentes de vulnerabilidad extrema. Dos instituciones «fuera de las normas» -como reza el título original de la cinta- que no solo se ayudan mutuamente, sino que subsanan las carencias sanitarias y administrativas en materias tan sensibles como la salud mental, la discapacidad o la protección de la infancia.

Aun así, ambas son víctimas de la Inspección General de Asuntos Sociales (IGAS), una agencia gubernamental encargada de vigilar el cumplimiento de la ley en cuanto a licencias, acreditaciones o formación de los trabajadores se refiere. Más pendiente, a tenor de sus visitas, de controlar la idoneidad de los profesionales que de hacerse responsable de esos menores encerrados, atados y permanentemente medicados. Son las trabas y paradojas de un sistema que, como la propia medicina, obedece a protocolos, mientras nuestros protagonistas apelan a la (buena) fe y al (gran) corazón para paliar el fracaso de un estilo de vida -este sí- que amenaza cierre.

Nakache y Toledano retratan con un realismo próximo al documental este universo de médicos, pacientes, familiares, enfermeras, educadores, mediadores, funcionarios, cuidadores, voluntarios… Y lo hacen con la colaboración de dos extraordinarios actores y un grupo de chavales –Especiales, en muy diversos sentidos- interpretándose a sí mismos.

La madre de uno de estos secundarios tan reales, confesando la lógica preocupación por su hijo cuando ella falte, asume -entre resignada y agradecida- que el mundo se divide en dos categorías: los que «ya ni te ven ni te oyen; y los otros, que no abundan mucho». De estos últimos, los nuevos quijotes del siglo XXI, nos habla esta maravillosa y necesaria película.

J. L. CELADA

Scorsese habla, ¿Dios calla?

CINE: SILENCIO

Ocurrió en el Gólgota, en Getsemaní… Desde entonces, la escena se repite cada vez que alguno de sus hijos se siente «abandonado» por el Padre. Filósofos, teológos, escritores y hasta cineastas se han preguntado, ayer y hoy, por qué Dios calla cuando más reclamamos su presencia. ¿O es solo una impresión humana? ¿Basta con tener fe para entender que el Señor habla incluso en el silencio?

Silencio. Así se titula, justamente, el trabajo de Martin Scorsese, adaptación de la novela homónima de Shûsaku Endô. Un drama histórico que relata el viaje -físico y espiritual- a Japón de dos jesuitas portugueses, durante la segunda mitad del siglo XVII, en busca de otro misionero de su país que terminó apostatando tras ser perseguido y torturado por las autoridades locales.

A lo largo de más de dos horas y media (excesivo metraje para un filme de ritmo contemplativo y mirada profunda, pero que nunca debería renunciar a ser vehículo de entretenimiento), el veterano realizador neoyorquino nos sumerge en el infierno de fuentes termales y paisajes brumosos teñido con la sangre de aquellos mártires cristianos de Extremo Oriente. Porque al rápido florecimiento de la Iglesia que acompañó la llegada de san Francisco Javier un siglo antes le sucederían décadas y décadas de encarnizada represión contra innumerables testigos del Evangelio.

Dos de ellos (Andrew Garfield y Adam Driver) desembarcan en esta tierra hostil con el encargo de localizar a su compañero y maestro (el siempre imponente Liam Neeson), aunque enseguida entenderán que su misión es otra: devolver la dignidad a unas gentes que viven y mueren como bestias bajo la tiranía de aquel régimen feudal, y anunciarles la promesa de que todo sufrimiento no será en vano. Mientras, nuestros jóvenes protagonistas compartirán las penalidades de esta comunidad de las catacumbas, donde miedo y plegaria se funden como lágrimas en la lluvia. Y allí, en los confines del mundo, aprenderán que no basta con sentirse útiles. Menos aún, buscar desesperadamente señales tangibles de fe. Dios les pide estar. Por más que su silencio pese como una losa o les parezca pobre la respuesta divina a sus gritos.

Así, entre crisis, traiciones, crueles castigos y un inquisidor que roza la parodia transcurre la película de Scorsese, una travesía oceánica por las procelosas aguas de las creencias, el testimonio y el martirio. También de la redención, una de las constantes en su vasta cinematografía. Empezó a gestar este proyecto hace 30 años, casi por las mismas fechas en que Roland Joffé estrenaba La misión, aquella inolvidable epopeya jesuítica en las Reducciones del Paraguay. Que nadie ose compararlas. De lo contrario, este Silencio pronto será historia.

J. L. CELADA

Campamento de supervivientes

CINE: LOS NIÑOS DE WINDERMERE

En agosto de 1945, con los últimos estertores de la II Guerra Mundial, el Gobierno británico acogió en su país a un millar de niños supervivientes de los campos de concentración nazis. En torno a 300 fueron conducidos al Complejo Calgarth, a orillas del lago Windermere, donde un equipo de profesionales y voluntarios liderado por el psicólogo judío Oscar Friedmann (1903-1958) trataría de ayudarles a liberarse de sus miedos y a superar el trauma vivido.

Los cuatro meses de estancia en aquella especie de campamento -cuyos pabellones traían a la memoria de más de uno su paso por Buchenwald, aunque «sin focos, valla electrificada ni crematorio»- constituyen el principal argumento de Los niños de Windermere, estreno inédito en Movistar+ que debe su nombre a esos pequeños refugiados. La nueva familia allí formada, buscando curar heridas y recuperar tantas infancias perdidas en medio de palizas, cristales en la sopa, adultos gaseados y terrores nocturnos, acapara todo el protagonismo de este canto a la supervivencia tan instructivo como convencional.

El televisivo Michael Samuels debuta en la gran pantalla con una historia, basada en hechos y personas reales (algunas, hoy longevos ancianos, cierran la cinta con sus testimonios), que recurre a situaciones y diálogos ya conocidos por otros títulos sobre el Holocausto y la terrible huella dejada en varias generaciones de europeos de distintas nacionalidades. Aun así, en su afán de ilustrar el drama de los menores con el impecable estilo de las producciones británicas, el realizador inglés no renuncia a imágenes de una belleza que contrasta con el horror sufrido.

Su cámara y la pluma de su compatriota Simon Block tampoco desaprovechan la oportunidad de subrayar cada gesto, cada palabra… Para rememorar el pasado de quienes aprendieron a sobrevivir a cualquier precio, incluso a costa del más débil; pero también para escenificar un presente incierto (dispuestos en filas, a la espera de ser despiojados, pasar un reconocimiento médico y recibir otras ropas, nuestros chicos no acaban de sentirse a salvo de una nueva «selección»), aferrados a la única esperanza de encontrar con vida a algún pariente cercano (padres, hermanos…). Porque, por más que el conflicto quede atrás, no resulta fácil encarar el futuro cuando toda la familia es solo un recuerdo.

El ladrido de un perro que aviva los viejos fantasmas de la crueldad, la desesperada caza de un mendrugo de pan por si la escasez y el hambre aprietan… Cada detalle cuenta, a menudo con demasiada insistencia, en esta didáctica propuesta. Tanta evidencia, sin embargo, no lastra su propósito inicial: acercarnos a una de las grandes tragedias contemporáneas a través de uno de los muchos episodios que dejó a su paso.

Poco más cabe decir de una película de escasa complejidad y excesiva correccción, sin giros de guión ni concesiones al sentimentalismo, lo cual no impide que Los niños de Windermere abra la puerta a un dilema ciertamente interesante y siempre actual: ¿el sufrimiento da derecho a un lugar en el mundo o hay que ganárselo?

J.L. CELADA

¿Víctima o heroína?

CINE: PAULINA

Entretener, divertir, instruir, provocar, moralizar… El cine tiene la capacidad de conseguir todo eso y mucho más. Sin embargo, solo algunas películas nacen con la vocación de generar debate, incluso una vez concluida su proyección. Es el caso de Paulina, la extraordinaria «relectura» que ha hecho Santiago Mitre de La patota (1960), cinta que dirigiera su compatriota Daniel Tinayre sobre una mujer de clase acomodada agredida sexualmente por varios alumnos a los que impartía clase en una escuela nocturna.

La protagonista que ahora da título al último trabajo del realizador argentino renuncia también a su privilegiada posición y a una brillante carrera como abogada para comprometerse en la formación política de jóvenes desfavorecidos del medio rural. Decisión que -como a su «predecesora»- no solo le cambiará la vida, sino que encontrará la desaprobación de su progenitor, un influyente juez. La acalorada discusión que entablan ambos (inolvidables Dolores Fonzi y Óscar Martínez, adueñándose del magistral plano secuencia con que arranca el filme) nos pone en situación: un padre «cínico, conservador y clasista» frente a las «fantasías de mochilera» de su hija, el pragmatismo frente al idealismo, la retórica frente al compromiso, las leyes frente a las convicciones…

Tanto el punto de vista de ella misma como el de sus agresores, rematados por la posterior charla con una psicóloga, contribuyen a la poliédrica reconstrucción de unos hechos que el director maneja con exquisito tacto y pudor. Consciente del poderoso vehículo narrativo que tiene entre manos. Mitre nos sumerge en las disyuntivas ideológicas (religiosas si nos remontamos a La patota y vitales de Paulina sin necesidad de recurrir a juicios apresurados ni discursos altisonantes. La mirada perdida de Fonzi lo dice casi todo

¿Víctima o heroína?, se pregunta el espectador a cada paso, mientras nuestra profesora no ceja en su afán de cambiarle la vida a alguien. Aunque para ello tenga que seguir enseñando a quienes profanaron su dignidad. Se siente «consecuencia» de un mundo que solo genera violencia y admite que, «cuando hay pobres de por medio, la justicia no busca la verdad, busca culpables». ¿Cuestiona por eso la utilidad de las leyes? Tal vez, pero, sobre todo, nos deja una bella lección: hay que intentar entender antes de juzgar. También las lágrimas desconsoladas de ese padre cuando su hija retoma el insondable camino de la aventura humana. El mismo que emprendemos al abandonar la sala con la única certeza de que hemos visto una magnífica película.

J. L. CELADA

La diáspora interior

CINE:IDA

El cine ha explicado de mil modos esa costumbre tan humana de volver la vista atrás para rastrear en el pasado las huellas de una palabra, una persona, una imagen o un recuerdo que ayuden a entender mejor el momento presente. Y aunque se trata de una búsqueda que no siempre obtiene los frutos esperados, sí brinda a cuantos están implicados en ella la oportunidad de compartir el dolor que a menudo producen ciertos hallazgos que van dejando tras de sí. El ejemplo más reciente lo tenemos en Ida, la joven novicia que da título al ùltimo trabajo de Pawel Pawlikowski.

La prometedora debutante Agata Trzebuchowska encarna a Anna -nombre por el que se la conoce en el convento donde permanece recluida desde que quedó huérfana-, protagonista de un viaje a los orígenes de su familia en compañía del único pariente vivo conocido: una tía entregada al alcohol, la política (en otro tiempo, fervorosa estalinista y temida fiscal entre los «enemigos del socialismo») y las bajas pasiones. Todo sucede en vísperas de su profesión religiosa, cuando es invitada a dejar por unos días el silencio del claustro para conocer por sí misma la respuesta a tantas preguntas.

A lo largo de varias jornadas, ambas recorren aquella Polonia gris de los años 60 en pos de un nombre, un lugar, una fecha, una explicación al trágico final de sus padres (y a su caprichosa supervivencia) durante la ocupación nazi. Este periplo le permitirá también descubrir una experiencia amorosa inédita para ella, poniendo a prueba el compromiso de los votos que se dispone a tomar. Sin embargo, las previsibles dudas vocacionales que este hecho pudiera despertar quedan relegadas a un segundo plano frente a esa otra crisis de indentidad, entre sus raíces judías y su religión cristiana.

Es entonces cuando el director, con una elegancia solo comparable a la de la bella fotografía en blanco y negro y la música que arropan esta delicada y melancólica historia, nos invita a sumergirnos en el corazón de sus personajes. Sin juzgarlos, asumiendo sus temores y ambigüedades, pero haciéndonos partícipes de los sentimientos encontrados de dos mujeres en exilio permanente, sometidas a una diáspora interior que nos habla de su afán por tomar las riendas de un destino esquivo, aun cuando ello suponga desenterrar el pasado para volver a enterrarlo.

Ida ha pasado recogiendo premios por un buen número de festivales «menores» (Toronto, Londres, Varsovia, Gijón…), lo cual no solo avala su universalidad, sino que ensalza el valor de lo sencillo. Desde la desnudez de su puesta en escena hasta el orquestado concierto de sonidos ambientales (la cuchara contra el plato, la nieve cayendo, la pala excavando la tierra…), como si de un documental se tratara, todo en esta película suena a verdad. Un bien tan preciado como escaso en esto del cine, pero que pequeñas joyas como esta se encargan de preservarlo.

J. L. CELADA

Secreto de confesión

CINE: LOS DOS PAPAS

Dos hombres, dos estilos, dos formas de entender la fe, pero una única creencia, un solo fin, un mismo Dios. Las mismas preocupaciones, dudas y debilidades, pero distintas formas de revelarlas, expresarlas y confesarlas. En este juego de espejos y reflejos se resume Los dos Papas. Un inmenso diálogo que compendia, para iniciados y no iniciados, ese tira y afloja al que está sometida la práctica totalidad de las religiones: tradición vs modernidad. O pragmatismo vs idealismo: cambiar algo para que todo siga igual, que diría Lampedusa, o aceptar -y perdón por echar de nuevo mano del lapidario- que cada generación necesita su revolución, que escribió Thomas Jefferson. Quien mejor lo explica es el brasileño Fernando Meirelles. Por un lado, un alemán aficionado a la Fanta que mata su tiempo tocando viejas canciones al piano; por otro, un argentino con devoción por la pizza que grita como un hincha más los goles del San Lorenzo. (…)

La sinopsis es de sobra conocida… o no. Es cierto que parte de un acontecimiento histórico: la renuncia de Benedicto XVI tras ocho años de pontificado el 11 de febrero de 2013. Un hito para el que hay que bucear casi 600 años en busca de precedentes, creando, además, una situación insólita: la coexistencia de dos Papas, uno emérito y otro en activo. Sin embargo, el grueso del filme, ese ínterin en el que Benedicto toma la decisión de abandonar y Francisco guía las riendas de la barca de san Pedro, es obra de la imaginación del guionista Anthony Mccarten. Joseph Ratzinger (Anthony Hopkins), cansado y acuciado por las filtraciones del caso Vatileaks, convoca con urgencia al cardenal Jorge Mario Bergoglio (Jonathan Pryce). El primero es ceremonial, severo y arisco. El segundo es sencillo, bromista y carismático. Comedy gold, que dicen en Estados Unidos: la vieja fórmula del choque de caracteres contrapuestos nos arranca más de una carcajada sincera. Sin embargo, la llamada de Benedicto al bonaerense para liderar los designios de la Iglesia y los recelos que tal petición despierta en este último desciende al filme a territorios más profundos. La comedia da pie al drama psicológico, el gag deja paso a la reflexión y el encuentro informal de estos dos hombres de fe adquiere una dimensión teatral, en el buen sentido del término. Poco a poco mostrarán la persona que hay bajo la sotana, tendrán la necesidad de confesar y abrazarán una liberadora expiación. Como las grandes parábolas, Los dos Papas habla de cuestiones de calado sin dejar de captar nuestro interés.

Todas estas lecturas no serían posibles sin el enorme trabajo que desempeñan sus dos protagonistas. Con una diferencia. Anthony Hopkins, enigmático y fascinante, sigue siendo Hopkins. Frente a él, Jonathan Pryce no interpreta a Francisco. Es Francisco. Disfruten de ambos.

JAIME VICENTE ECHAGÜE

Un canto a la resistencia

CINE: TIMBUKTU

Un cervatillo corre por el desierto escapando de un vehículo con hombres armados que han convertido al asustadizo animal en diana de sus disparos. Aunque su consigna es clara: «No lo matéis, cansadlo». Esta secuencia, que alza el telón de Timbuktu, se erige de algún modo también en metáfora de lo que el extraordinario trabajo de Abderrahmane Sissako se dispone a contarnos: con frecuencia, el hostigamiento y la persecución son tan mortales como las propias balas.

El realizador mauritano sitúa los hechos años atrás, cuando grupos yihadistas llegados del Magreb tomaron el control del norte de Malí, sembrando el terror entre la población e instaurando un régimen de prohibiciones (no fumar, no escuchar música, no jugar al fútbol…) que desestabilizará una región asentada hasta entonces sobre la tolerancia y la convivencia interreligiosa. Y da título a esta cinta la ciudad que -en expresión de su protagonista- es el «alma» de las melodías africanas, un escenario donde entran en conflicto la vida sencilla y apacible de los habitantes del lugar con las leyes de un islam que ha desterrado la clemencia, la piedad y el perdón en nombre de la yihad.

Sin embargo, mientras el buen musulmán libra esa «guerra santa» consigo mismo en busca de su perfeccionamiento moral (así lo entiende el imán local, testigo y contrapunto de la barbarie invasora), los impulsores de la sharia más cruel solo persiguen conquistar territorios y voluntades infundiendo temor. Algo que no siempre ocurre, como se encarga de demostrarnos esta historia. Porque todavía hay gente anónima que, por muchos latigazos y lapidaciones que sufran sus cuerpos, nunca permitirá que la locura profane sus espíritus.

En una tierra seca y polvorienta, de la que no pocos vecinos se han visto obligados a emigrar, ganaderos, pescadores, pastores o artistas plantan cara a quienes se empeñan en cercenar sus libertades. Ya sea en la soledad de una jaima o en el bullicio del mercado, a diario soportan las humillaciones con paciencia, resignación e incluso aceptación, pero, muy especialmente, con una resistencia silenciosa y activa digna de admiración (¡qué decir, por ejemplo, de las mujeres, abocadas a matrimonios en contra de su voluntad!).

Claro que nada sería igual sin la cámara de Sissako asomándose a este microcosmos, por desgracia tan universal. Su lenguaje sencillo, su narración pausada, sus imágenes (a veces, delicados poemas visuales como ese partido de fútbol sin balón que reivindica la imaginación frente a la sinrazón)… constituyen un canto a la belleza de unos parajes y unos pueblos que ni la brutalidad más absoluta -en ningún caso ausente- podrá mancillar.

Confesiones de un actor

CINE: FLOW

A punto de estrenar su función largamente soñada, un actor (Juan del Santo, ubicuo y resuelto en el manejo de los diversos registros interpretativos) se sitúa ante el espejo del teatro vacío para exorcizar sus miedos -escénicos y existenciales-, mientras rinde tributo al arte de ser otro, de vivir otras vidas. Todo lo que tiene y necesita está ahí, sobre la soledad de las tablas. «Si puedo alcanzarlo con la imaginación -proclama-, puedo expresarlo con el cuerpo».

Así arranca Flow, la película de «acción interior» que David Martínez ha puesto en pie con escasos recursos, pero sobrado de fe… en la profesión y en la capacidad del ser humano para sobreponerse a sus miserias y «tocar el misterio». De todo ello sabe bastante el protagonista de esta historia, un tipo entregado a los ensayos de su obra -y a la bebida-, que acude a clásicos del imaginario cinematográfico como El Padrino o El hombre elefante para hablarnos de su familia (el amor de una madre, la relación con su hermano, una hija desatendida…), compartir sus complejos o lamer sus heridas.

La muerte del padre, portador de una herencia envenenada, marcará un punto de inflexión en la narración de los hechos (hábilmente apoyada en conversaciones telefónicas y cartas manuscritas) y en la propia trayectoria de este lobo solitario: cárcel, depresión, vida en la calle… Instante en el que decide emprender un largo camino para reencontrarse consigo mismo. Y que la cámara de Martínez aprovecha para conducirnos de la ciudad al campo, de la mirada de corto alcance a la amplitud de horizontes, de la palabra desbocada a los largos silencios.

La cinta, que hasta entonces había desnudado el alma del artista sostenida por la intensidad dramática connatural al oficio, se adentra en el territorio de la quietud y la contemplación en busca de una oportunidad para reconciliarse con el pasado (un progenitor lejano, pero muy presente; una madre que está ahí, sin pedir nada a cambio…). También para redescubrir la magia, el duende de ese momento irrepetible que hermana al monje y al actor, «aquella fuerza misteriosa que todo el mundo puede reconocer pero nadie puede explicar».

Flow es la confirmación de que el talento no entiende de límites, de que la vida y la escena tampoco conocen fronteras en su inagotable trasvase de sueños y desvelos, de que a ambos lados siempre estamos a tiempo de despertar a la fascinación y transformar la realidad. Sin perder la libertad ni caer en la locura.

J.L. CELADA