Paradojas de la red

La red, tal como la conocemos, es un universo de paradojas. En ella está lo mejor y lo peor de la condición humana. Ofrece múltiples posibilidades educativas, pero también hospeda sombras muy oscuras. Cuando la red audiovisual visita al individuo, puede abrirle nuevos horizontes de conocimientos, de intercambios y de relaciones. Puede ayudarlo en el trabajo, facilitándoselo, complementando su quehacer cotidiano con la de otros que, a pesar de estar a una larga distancia, pueden compartir objetivos y deseos.

La red puede potenciar la comprensión de las personas sobre su mundo y procurarles más consciencia y autonomía. Nos puede comprometer a cada uno de nosotros con lo que pasa en el resto del mundo y aumentar nuestro sentido de compasión, de la solidaridad y de lo que desde muchas religiones se conoce como caridad. La red audiovisual puede construir algo parecido a una escuela universal que acerque los recursos del conocimiento a cualquier lugar y puede ser un vehículo perfecto para conectar a los que aprenden. Lo que se denomina e-learning puede revolucionar las formas de aprendizaje, haciéndolo más profundo, sólido y diverso.

Los medios telemáticos en las escuelas pueden potenciar nuevos estilos de aprendizaje, adaptar las tareas y los recursos didácticos a las necesidades de cada niño o de cada aprendiz, simular situaciones con las que adquirir experiencias imposibles de obtener de otra forma. Los profesores del mundo se pueden sentir asistidos y ayudados en su trabajo por la obra de la red de redes. Todos estos aspectos son, sin lugar a dudas, constructivos, pero la red aporta también elementos insolventes y destructivos.

Es fundamental no perder el sentido crítico y evitar sucumbir a la credulidad. La red puede ser una trampa para la independencia y autonomía de los individuos y constituir una vía de penetración e invasion para las estrategias de marketing y de comercialización, además de poder ser un vehículo de ideologización y manipulación muy poderoso. La red también nos puede atrapar, obligarnos a una conexión permanente que nos aleje de nuestro propio mundo interior. La red puede atrapar a niños y jóvenes y conducirlos a una existencia vacía; conducirlos continuamente a charlas vacías de sentido y a juegos violentos y agresivos. Es capaz de crear nuevas formas de adicción y dependencia emocional.

Frente a esta posibilidad, la educación en medios tiene que dedicarse a construir valores, proponiendo una revisión crítica de los procesos, y exigiendo, también, una transformación de las condiciones negativas. El uso de la red, sin la debida vigilancia, puede estar introduciendo en el aprendizaje fuentes interesadas, poco rigurosas y obscurantistas. Esto se puede producir en campos muy sensibles como pueden ser la medicina, la farmacia, la genética y otros; pero es más sutil el efecto en cuestiones que afectan al pensamiento social, al pensamiento político y cívico.

La red, especialmente en su dimensión televisiva, nos puede alejar del auténtico acto pedagógico y sustituir el auténtico magisterio y el esfuerzo del aprendizaje (y por qué no decirlo, también su placer) por un sucedáneo de transmisión de conocimientos, por la saturación de la información y por un tecnicismo vacío de contenido. La red puede privar también de sentido el acto creativo y original que tiene siempre que acompañar al auténtico aprendizaje por un copy-paste sin límite ni moderación. La red nos puede conducir al espejismo de sustituir cantidad de información por conocimiento y, lo que es más esencial, por sabiduría de la vida.

Por todo ello, es imprescindible navegar por la red con sentido y juicio crítico y tener la audacia de desconectar de ella. La libertad está en juego. Y no solo la nuestra, también la de las nuevas generaciones de navegantes.

FRANCESC TORRALBA

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