No ya niños

Ser como niños, sí, pero ¿hasta dónde?, y ¿en qué? La carta primera a los Corintios hace un par de puntualizaciones al «si no os hicierais como niños» de Mt 18, 13.

Para empezar, en 1 Cor 13, 11, Pablo habla de su propia maduración personal: «Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero, cuando llegué a ser hombre, dejé las cosas de niño (hice desaparecer lo propio de los niños)». Y algo después, en 1 Cor 14, 20, pasa a aconsejar a los destinatarios de su epístola: «No seáis niños en el juicio, más bien sed niños en cuanto a falta de malicia, pero en cuanto al juicio sed maduros». No me seáis niñatos, diríamos hoy; no seáis perpetuos adolescentes. Hay una inolvidable viñeta de Forges. Están hombre y mujer en la cama cuando oyen un berrido: «Buaaaa, quiero agua». La mujer dice: «Está llorando el niño». Y el hombre: «Tiene treinta y dos años». Sobran comentarios.

No razonar como un niño y madurez «en cuanto al juicio» dice 1 Cor. Es lo mismo de Kant en su llamada al «sapere aude«: «¡Atrévete a pensar, a conocer!», frente a lo que consideraba una «culpable minoría de edad». SI hubiera que cifrar en una sola actitud la diferencia entre esa irresponsable minoría de edad (entre la puerilidad o la adolescencia mal curada) y la mayoría de edad mental, se resumiría en eso: en un modo de conocer ilustrado, es decir, bien informado y (todavía algo más, en una nueva vuelta de tuerca) crítico, como puede y debe empezar a serlo al final de la enseñanza obligatoria. La educación tendría que contribuir al crecimiento y madurez de verdaderos hombres y mujeres, no niñatos sin autonomía propia, pendientes todavía de papá y mamá a los treinta años. Es el gran reto del educador: educar a niños y adolescentes para cuando (y para que) dejen de serlo.

ALFREDO FIERRO

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