HIJOS DE IDA Y VUELTA

CINE: CINCO LOBITOS

Una silla de ruedas y un carrito de bebé circulan a la par por el pasillo de un hospital. La escena, que reúne a tres generaciones de una misma familia, condensa -pero no agota- esa ética del cuidado tan necesaria a cualquier edad: desde la cuna hasta el lecho de muerte. Es el reconocimiento de la vulnerabilidad y dependencia inherentes al ser humano, que alcanzan su expresión más genuina en el ejercicio de la maternidad, aunque se extiendan a otras etapas de la vida cuando las circunstancias imponen un intercambio de papeles. Un parto no menos doloroso… y fecundo.

De todo esto y mucho más nos habla sin paños calientes Cinco lobitos, la extraordinaria ópera prima de Alauda Ruiz de Azúa, una historia gestada por la realizadora vizcaína tras vivir en carne propia la aventura de ser madre. Una experiencia que desmitifica (el cansancio y el mal humor por las noches en vela afloran a cada instante entre las cicatrices físicas y emocionales) y aleja de estereotipos (aquí no caben manuales ni consejos), para centrarse en lo que realmente quiere contarnos: cómo la llegada de un hijo al hogar desmonta de un plumazo todo lo establecido (roles, relaciones…) y supone un proceso de reconstrucción de identidades en lo personal y lo profesional.

No va a tardar en descubrirlo la protagonista de este drama tierno e intimista, una joven que acaba de dar a luz (Laia Costa poniendo un nudo en la garganta del espectador, con una interpretación contenida que derrocha verdad) y que debe aprender a ser madre sin saber muy bien cómo. Seguramente lo mismo que le ocurrió décadas atrás a la suya (Susi Sánchez, en la enésima demostración de su magisterio actoral, metiéndose en la piel de un personaje poco dado a exteriorizar sus sentimientos) cuando ella vino al mundo, lo cual le permitirá -ahora sí- entenderla como mujer y como madre… aunque todavía siga necesitándola como hija.

Desbordada por la situación, y ante la ausencia por trabajo de su pareja, decide trasladarse con la pequeña a la casa de sus padres, en un pueblo costero del País Vasco. Y allí, de vuelta al que fuera su nido, compartir con ellos la crianza del bebé. En este punto, sin embargo, Cinco lobitos no se limita a explorar cómo evolucionan los afectos materno-filiales y la forma de percibir a los progenitores cuando brota un nuevo retoño en el árbol genealógico. Ruiz de Azúa emprende un viaje al corazón de las crisis, a la raíz de los conflictos entre los miembros del clan, propiciando un reencuentro sanador que fortalecerá los lazos debilitados y abrirá la puerta a la reconciliación. Y a la asunción de la realidad tal como viene, porque «todas esas vidas que no vives son siempre perfectas, ideales, pero en algún momento hay que vivir la vida que te ha tocado». Palabra de madre (abuela) a madre.

Un legado en femenino que establece sutilmente quién cuida de quién en cada tiempo y lugar, a la postre, el mejor termómetro para medir la calidez, calidad y dignidad de los desvelos domésticos con los seres queridos. Tres virtudes que adornan también a esta maravillosa película y que no solo la hicieron acreedora de la Biznaga de Oro y otros importantes galardones (guión, actrices y público) en el pasado Festival de Málaga, sino que la convierten ya en uno de los grandes títulos del cine español en este 2022.

J.L. CELADA

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