Pura rebeldía

CINE: LA HISTORIA DE MARIE HEURTIN

En un momento dado de esta hermosa película, una de las protagonistas describe su consagración a Dios como un acto de «pura rebeldía»: contra el mal, contra el mundo, contra la muerte… Solo así puede entenderse el empeño de esta religiosa (espléndida Isabelle Carré, con su perfecta combinación de fortaleza y fragilidad) en rescatar a una joven de la prisión de oscuridad y silencio en la que vive cautiva desde su nacimiento (Ariana Rivoire haciendo de la dificultad virtud.

Ambas ponen rostro y corazón a La historia de Marie Heurtin, relato dramatizado de unos hechos acaecidos en la Francia del siglo XIX, cuando un humilde matrimonio deja a su hija ciega, sorda y muda en una institución cercana a Poitiers regentada por la congregación a la que pertenece nuestra monja. Una y otra constituyen, pues, el motor narrativo de la cinta dirigida por Jean-Pierre Améris, emotivo testimonio del proceso de aprendizaje de la chica y, muy especialmente, de la comunión que se establece entre la esforzada tutora y su discípula, una criatura asustadiza y semisalvaje que acabará convirtiéndose en «la hija de mi alma» y «la luz de mi vida».

Aunque de inmediato nos viene a la mente El milagro de Ana Sullivan (1962), por esas batallas (comer, lavarse, peinarse…) que provocan tales carencias sensoriales, aquí no hay rastro de aquel tono sombrío ni del atormentado personaje interpretado por Anne Bancroft. Con exquisita sensibilidad y una sencillez que aflora en cada encuadre, en cada plano, Améris nos invita a compartir el doble hallazgo de su pareja protagonista: la explosión del lenguaje, como una primavera de luz y colores que le permitirá a la muchacha comunicarse con quien se ha desgastado por ella hasta el agotamiento. Experiencia sensitiva y entrega sin límites que, a su vez, le regalan a la hermana Marguerite la posibilidad de descubrir un mundo que se toca y que palpita bajo los dedos.

Superadas las dificultades iniciales para empatizar y antes del postrero derroche de ternura de Marie junto al lecho de su bienhechora, asistimos al encuentro milagroso -casi mágico, por la propia sensualidad de las imágenes- entre dos mujeres que se preguntan y se responden sobre algunas de las grandes inquietudes del ser humano: la vida, la muerte, Dios… Conceptos difícilmente explicables con palabras, que escapan incluso a los sentidos, pero que interpelan con la misma fuerza que esta bella profesión de fe escrita y rodada a flor de piel.

«Espero que despertéis al mundo… y mantengáis vivas las utopías», pedía el papa Francisco a los religiosos y religiosas al convocar el Año de la Vida Consagrada. La historia de Marie Heurtin nos recuerda que ese carácter profético exige siempre un plus de rebeldía, condición más que necesaria también para disfrutar de un cine que se ve, se escucha y se siente de otro modo.

J.L. CELADA

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