Las crisis son útiles para realzar algunas de nuestras libertades civiles. El hecho de estar privados de estas nos permite valorar todavía más el abanico de libertades que caracteriza a nuestras sociedades democráticas. A veces, la carencia es el único medio de percatarse del valor de algo.
Las libertades que vivimos no nos han sido regaladas. Son el fruto de una conquista histórica. Tampoco se mantienen por azar. Es fundamental la lucha para adquirirlas, pero luego hay que batallar, día a día, para mantenerlas en el tiempo.
Durante el confinamiento, hemos visto cómo las autoridades prohibían la libertad de circulación. Esto de desplazarse libremente de un lugar a otro, de ir y venir, de entrar y salir sin tener que pedir permiso, es algo que teníamos muy integrado en nuestra forma de vida y que no pensábamos que pudiera ser prohibido. Es probable que, en las próximas décadas, asistamos a la prohibición de otras libertades que ahora nos parecen evidentes.
La privación de esta libertad, en cambio, no es extraña para muchos seres humanos que, por razones políticas, militares, económicas o de otro tipo, no pueden salir de su país, no pueden desplazarse con libertad por él y, menos aún, entrar en los países del denominado primer mundo. Lo observamos a diario en el telediario. Para estos seres humanos, la privación de esta libertad no constituye ninguna novedad, porque esta es, lamentablemente, su forma de vida habitual.
En el mundo poscoronavirus no solo está amenazada la privacidad, también lo están las libertades. El miedo blinda los movimientos, pero también encorseta el régimen de libertades. El ciudadano medio está dispuesto a restringir sus libertades a cambio de seguridad, a cambio de salud.
En contextos de escasez de recursos para la sanidad pública, es fácil sucumbir a la tentación de vigilar a los ciudadanos y de comprobar qué estilo de vida tienen y cómo cumplen las prescripciones facultativas. La tecnología digital permite rastrear las vidas de los ciudadanos y comprobar sus hábitos de consumo, el ejercicio que hacen o no a diario y también si toman o no los fármacos que les han prescrito. Algunos filósofos ultraliberales norteamericanos defensores del Estado mínimo sostienen que, en situaciones de escasez de recursos públicos, solo los pacientes que hayan demostrado hábitos de vida saludables y hayan cumplido con las prescripciones facultativas tendrán derecho a disfrutar de los recursos que todos financiamos.
Esta jerarquización choca de frente con el respeto a la libertad, pero cuando todo escasea es fácil que ese criterio se llegue a imponer, cuanto menos en países donde el estado del bienestar es muy precario y las coberturas que ofrece son muy pocas. Muchos ciudadanos consideran que es injusto que el ciudadano que ha obrado deliberadamente contra su salud merezca gozar de los mismos recursos públicos que otro que ha obedecido fielmente al doctor y ha tomado los fárcamos prescritos.
El debate está servido y va a adquirir más peso en el futuro. Frente a esto, es esencial recordar que la libertad constituye un derecho básico, que es el pilar de las sociedades abiertas, como decía Karl Popper (1902-1994), pero esta jamás debe ser utilizada como excusa para sucumbir a un libertinaje arbitrario, a una praxis irresponsable, pues eso tiene consecuencias negativas, para uno mismo y para los demás, porque, como se ha dicho, vivimos en un marco de interdependencia.
FRANCESC TORRALBA