Una asignatura «antídoto»

La asignatura de Religión ni adoctrina ni es un privilegio eclesial. Así lo expresan alumnos, antiguos alumnos, familias y profesores que participan en el macroestudio más ambicioso elaborado hasta la fecha sobre la materia confesional en la escuela pública y concertada. Promovido por la Fundación SM, en el informe han participado más de 18.800 encuestados, lo que permite dibujar un mapa de cómo es percibida la enseñanza religiosa en nuestro país.

De él se deduce que, lejos de confundirla con una catequesis o una «fábrica» de católicos, sea vista como una cantera para crecer en respeto y tolerancia, valores indispensables para la convivencia, que se ponen aún más en valor como «antídoto» frente a los ataques terroristas de Francia y Austria, en los que el fanatismo secuestra de modo infame el hecho religioso.

Lamentablemente, el balance de quienes conocen de primera mano la asignatura como docentes, estudiantes o padres dista mucho de la percepción que se tiene fuera. Así, si bien la mayoría de los niños y jóvenes valoran a su «profe de reli» como el mejor del claustro, solo un 10% de los educadores se siente valorado por la sociedad. Es más, tan solo la mitad se sienten apreciados por la propia Iglesia.

Así, la enseñanza de la religión se etiqueta incluso como algo anacrónico, que debería desaparecer en favor de una supuesta progresía que relegue las creencias al ámbito de lo privado. Una consideración que el papa Francisco tiraba por tierra hace solo unos días, cuando se cumplían los 50 años de relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y la Unión Europea: «Han terminado los tiempos de los confesionalismos, pero -se espera- también el de un cierto laicismo que cierra las puertas a los demás y sobre todo a Dios, porque es evidente que una cultura o un sistema político que no respete la apertura a la trascendencia, no respeta adecuadamente a la persona humana».

Esta es la premisa que mueve precisamente la propuesta que la Conferencia Episcopal ha lanzado al Gobierno para que todos los alumnos aprendan valores morales, una iniciativa que, de momento, ha caído en saco roto. Ojalá que los poderes públicos que tienen entre manos la nueva reforma educativa sean capaces de trascender su concepto errado de laicidad excluyente en favor de una educación integral que fomente la libertad de enseñanza según las propias convicciones y creencias de las familias. No solo como un derecho fundamental, sino, sobre todo, con la conciencia de que educar en el hecho religioso hoy supone una inversión indiscutible en el mañana de una ciudadanía madura, para promover la convivencia en paz y fortalecer el pluralismo democrático.

Tomado de «Vida Nueva»

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