Contra la resignación

Los tiempos que vivimos no son proclives a cultivar la virtud de la esperanza. Y, sin embargo, en situaciones de crisis global, es más necesario que nunca resistir a la tentación del desánimo. Si es verdad que hemos entrado en una nueva normalidad, también lo es que se requiere una nueva actitud para situarse en ella. La nostalgia del mundo perdido no nos conduce a ningún lugar.

El cuadro que se dibuja en el horizonte es dantesco para muchos ciudadanos y sus familias. El pronóstico es infausto. En el frontispicio del infierno de Dante se puede leer el imperativo: abandona toda esperanza. Este sonsonete puede acabar taladrando nuestros oídos en el futuro. Es vital articular un discurso plausible, razonable y fundamentado en la esperanza.

La esperanza se relaciona íntimamente con tres categorías: el futuro, el bien arduo y la confianza. Partimos de un implícito: el devenir está abierto. Este implícito no se puede demostrar científicamente, como tampoco su contrario. La esperanza no es un sentimiento naif, ni una salida voluntarista. Tampoco un bálsamo para indocumentados o necios. Exige, como condición de posibilidad, el conocimiento de que alcanzar el bien es arduo, y eso requiere entrega y dedicación para neutralizar las poderosas fuerzas del mal que se manifiestan con mil rostros.

Los argumentos apocalípticos se venden al por mayor. Es fácil hallarlos. Basta con sentarse frente a un telediario y procesar noticias negativas. Sobran razones para experimentar la moral de derrota, el hundimiento colectivo. Precisamente en este tipo de situaciones es cuando se requiere, con más vehemencia que nunca, el intangible de la esperanza, como una reserva espiritual, como un depósito de energía, pues solo así se puede contrarrestar la fuerza gravitatoria del desencanto.

Toda crisis es una apisonadora de ilusiones y exige ductilidad y fortaleza. La historia demuestra que las crisis siempre se ceban con los más frágiles. Hemos entrado dentro del túnel y no sabemos cuánto tiempo vamos a permanecer en él. Muchos experimentan impotencia y miedo.

El mundo, más cerca del colapso ecológico que nunca, se ha convertido en un gran basurero que da vueltas al sol. La crisis pandémica todavía ha empeorado más esta situación y el riesgo del perverso final está más cerca.

Es fácil dejarse llevar por la prosa apocalípticalíptica. Los intelectuales de referencia internacional nos tienen acostumbrados a ella. Tampoco les falta razón. Sin embargo, lo que urge, en esta coyuntura histórica, es todo lo contrario: confianza y creatividad.

El mundo necesita esta reserva de energía espiritual para poder superar los múltiples desafíos sociales, económicos, políticos, laborales, ecológicos, educativos y culturales quer tiene sobre la mesa.

La crisis ecológica ha despertado una conciencia medioambiental que no existía en el imaginario colectivo. Quizás demasiado tarde, pero ahí está, abriéndose paso entre los más jóvenes. Podemos cambiar actitudes, procedimientos y estilos de vida.

Hay un virus más tóxico que el coronavirus. Se llama resignación. Es de fácil contagio. Basta con dejarse llevar por la prosa apocalíptica y repetir tópicos. Se inocula a gran velocidad y cala hasta las entrañas. Quienes lo sufren se convierten en seres amargados, criticones empedernidos, asqueados del mundo; en ciudadanos nostálgicos de una arcadia que nunca existió.

FRANCESC TORRALBA. FILÓSOFO

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