El mito caído de la vejez

Antes de la epidemia, estábamos orgullosos de la extraordinaria longevidad de la vida humana que se había producido en los últimos cien años en nuestro avanzado Occidente. Y los ancianos ahora considerados como tales a partir de los 75-80 años, tenían la perspectiva de vivir una nueva juventud. Al menos, así lo creíamos, y de la misma manera lo visibilizaban las agencias de publicidad a través de sus anuncios, que les identifican como consumidores más que significativos. Spots que promocionan zapatos cómodos, audífonos, salvaescaleras, sillones que se levantan solos… sin olvidar los innumerables productos farmacéuticos. Todos los ancianos se presentan ágiles y guapos, pero, sobre todo, felices. Exhiben a personas mayores que corren como niños, juegan al tenis y practican running, posan como modelos que visten ropa de marca… Con canas y arrugas, pero siempre bellas. Incluso, vemos a ancianos que cortejan a octogenarias impecables, sin aludir a la cirugía estética, pero sí promocionando aparentes cremas milagrosas.

¡Y cuántas veces en un viaje nos hemos encontrado con grupos de ancianos organizados que parecen divertirse a lo grande ante la novedad de alojarse en un hotel o compartir la mesa con amigos! Realmente, parecía que estábamos en una nueva era, un nuevo pacto con el tiempo.

La pandemia lo ha cambiado todo. Nos ha devuelto a la tierra. Hoy los ancianos están en peligro, son la población de mayor riesgo y, al mismo tiempo, se les considera un pesado lastre en la lucha contra el virus, porque llenan las unidades de cuidades intensivos, impidiendo que los más jóvenes accedan a ellas y quizás se curen. Por otro lado, siguen encerrados en su casa, en la oscuridad y melancólicos, con sus numerosas patologías que ya no pueden mantener a raya con controles médicos periódicos. Y el futuro, en el que se acumulan las nubes de una grave crisis económica, no augura nada bueno para las pensiones. De repente, el mito de la prolongación de la vida humana ha perdido todo encanto, ya no se cuenta entre los resultado positivos de la modernidad.

LUCETTA SCARAFFIA. Historiadora

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