El arte de consolar

Las crisis exigen entrenarse en el arte de la consolación. Durante esta crisis pandémica global, muchos ciudadanos han perdido a sus seres queridos, otros han sufrido terribles pérdidas económicas, sociales y laborales. Poco o mucho, todos hemos perdido, y toda pérdida exige la elaboración de un duelo.

El duelo, que no es un proceso automático ni mecánico y que en cada persona tiene su tempo, se va a vivir con gran intensidad en este tiempo. Será necesario celebrar ceremonias familiares, institucionales, funerales de Estado, duelos en la intimidad y rituales en recuerdo de los seres queridos.

Tendremos que aprender a consolarnos a nosotros mismos sin caer en el victimismo ni recrearnos en nuestra desgracia, pero también deberemos consolar a nuestros seres queridos, a nuestros colegas del trabajo y vecinos que han visto cómo este tsunami global se ha llevado por delante todo lo que amaban. Todo el mundo tiene que contar algo, necesita narrar lo que ha sufrido, lo que le ha sido usurpado contra su voluntad.

No es fácil ejercitarse en el arte de la consolación. No sirven las bellas y solemnes palabras, tampoco relativizar el mal sufrido. Compararlo con el mal superior que otro ha sufrido no libera del mal que uno está sufriendo. Cuando uno está hundido en la desesperación, no está para escuchar sermones ni para largas peroratas.

Y, sin embargo, todo ser humano, aunque no lo reconozca explícitamente, aunque se cierre en banda, necesita ser consolado cuando todo cruje en su vida, cuando todo lo que para él era valioso se ha volatilizado. La necesidad de consolación es propia de un ser vulnerable y consciente como la persona humana, pero saber ofrecer esta consolación de un modo efectivo requiere unas habilidades que raramente desarrollamos. No estamos acostumbrados a ello. No nos lo ha enseñado nadie. Cuando alguien empieza a contar sus dolencia, fácilmente se responde de un modo reactivo, contando las propias, con lo cual no solo no se consuela al otro, sino que, además, se le aturde.

Nos da vergüenza tener que solicitar consolación. En una sociedad presidida por el arquetipo del hombre duro, triunfador y capaz de superar por sí mismo todos los retos que se proponga, solicitar consolación a alguien violenta porque, de un modo explícito, significa reconocer que uno no es autosuficiente y que necesita de los demás para seguir adelante.

Las familias que han perdido a sus seres queridos necesitan ser consoladas, pero también los profesionales de la salud, que han aguantado el tipo en primera línea de batalla. Están rotos por dentro y necesitan recomponer emocionalmente su ser. Reconocer esta necesidad no los hace, en ningún caso, débiles. Los hace humanos.

Cuando el mundo se agrieta, se derrumban todos los ídolos, se volatiliza el politeísmo espumoso de la vida posmoderna y uno necesita, más que nunca, una tierra firme donde posarse, un fundamento donde sustentarse.

Para consolar a alguien es imprescindible aprender a callar, a guardar silencio, pero, a su vez, a articular gestos de proximidad. El silencio no es la indiferencia, menos aún la pasividad frente al mal. Es un modo de estar y ser en el mundo. Consolar es, ante todo, escuchar, ofrecerse a la víctima para que vacíe los dolores que anidan en su pecho. El apenado necesita ser escuchado, verter su dolor. No le sirve un robot ni un animal, tampoco una pantalla de plasma.

FRANCESC TORRALBA. Filósofo

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