«Educar es cosa de una mirada», sobre todo si llevamos mascarilla

Muchos maestros y profesores se preguntaban, en el ya lejano mes de septiembre, cómo sería posible iniciar un curso escolar cubriéndose la mayor parte del rostro con una mascarilla.

Se enfrentaban, de forma valerosa, al difícil arte de la educación conscientes de que tendrían delante una barrera infranqueable que haría muy difícil su tarea cotidiana. Ellos, siempre acostumbrados a expresar emociones en el aula, estupendos actores y actrices que acompañaban sus magníficas explicaciones con amplias sonrisas o con el ceño fruncido, se enfrentaban a un gran desafío: cómo educar con un semblante escondido.

Muchos parecían encontrarse «huérfanos» de emociones tras los muros de una sencilla mascarilla. Otros intentaban sobreponerse, luciendo los diseños más divertidos y originales cubriendo su rostro.

Pero la mayoría no permitieron que el pesimismo y la tristeza les embargara y cual «magos de la educación», sacaron de su «chistera», como por arte de magia, el mejor recurso del que disponían: la fuerza de su mirada.

La mirada se presentó, desde ese momento, como una excelente compañera de camino para cada profesor; para cada maestro que cada mañana llegaba a su escuela dispuesto a darlo todo con un arma tan potente.

Al llegar muy temprano, a la puerta de su escuela, cada profe sabía que debía expresar lo mejor que llevaba dentro con la fuerza de su mirada, para que cada alumno sintiera la seguridad de que todo iba a ir bien.

¡Cuántas miradas sonrientes han adelantado, al inicio de cada jornada escolar, el calor de una sonrisa, la seguridad de un abrazo, la palabra de un buen amigo! ¡Cuántos ojos sonrientes, detrás de las infinitas mascarillas, han hecho posible un milagro cada día!

Cada mañana, sin desfallecer jamás, nuestros maestros y profesores han sido el «despertador de la alegría» que necesitaban numerosos alumnos y familias para continuar mirando al futuro con un poco de esperanza.

La mirada de nuestros profes nunca se volvió triste y desesperanzada. ¡Todo lo contrario! Porque ellos también sufrieron. La enfermedad y la muerte también tocó a su puerta. Pero, aún en momentos complicados y difíciles, su mirada permaneció fija y segura en los ojos de cada uno de sus alumnos. ¡Quién sabe también si en los ojos del Señor o de su madre, María!

Nuestros profesores, nuestros maestros, han entendido muy bien eso de ser «personal de primera necesidad» entre los niños y jóvenes, la porción más preciosa del Reino de Dios.

San Juan Bosco, educador por excelencia, solía repetir continuamente que «educar es cosa del corazón». Ahora, contemplando a nuestros profes, podemos seguir afirmando esta máxima excelentemente enriquecida con el valor de una mirada: la de cada profesor y cada maestro que ha regalado su mirada incondicional y verdadera a todas las personas con las que se ha encontrado cada día.

Gracias queridos profes, queridos maestros. Hoy podemos afirmar, gracias a vosotros, que «la educación se ha jugado en una mirada».

Mamen Santiago, FMA

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