CIENTÍFICAS CON ACENTO CANARIO

Mar Vaquero nació en Maspalomas, Gran Canaria, y comenzó la carrera de ingeniería aeroespacial en el campus español de la Universidad de San Luis (Madrid, España).

Tras dos años se trasladó a Misuri, en Estados Unidos, donde recibió el título de ingeniería aeroespacial, y un año más tarde, el de Física. 
En la Universidad de Purdue, en Indiana (EE.UU.), realizó un máster y un doctorado en ingeniería aeronáutica y astronáutica. Empezó a trabajar en la NASA medio año antes de defender la tesis doctoral. 
Ella ha sido una de las responsables de pilotar a Cassini para explorar Saturno y tratar de desentrañar sus enigmas. 
¡La ciencia no es una cuestión de género! 

ASOCIACIÓN: MUJER, EDUCACIÓN Y CIENCIA

Somos un grupo de mujeres amantes de la ciencia, que desde distintas áreas queremos contribuir con la divulgación y el quehacer de las mujeres científicas, al mismo tiempo que motivamos a las más jóvenes a convertirse en científicas profesionales.

El proyecto de la Asociación Mujer, Educación y Ciencia se ha ido desarrollando al ritmo de la realización del Ciclo Mujer y Ciencia que nació en 2017 en Gran Canaria de la mano de Arabela de la Nuez Cruz. 

Arabela de la Nuez Cruz es astrofísica, docente de secundaria e investigadora constante, descubrió la iniciativa  11 de febrero, y al darse cuenta que en Canarias no existían actividades  relacionados con el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia que dieran a conocer los logros de las mujeres científicas, con el apoyo de Mario Villanueva, Director de la Fundación Observatorio de Temisas y la Consejalía de Igualdad del ayuntamiento de Agüimes bajo la responsabilidad de  Marirrós Rodríguez Galván, empezó el recorrido del Ciclo Mujer y Ciencia con la participación necesaria de la Asociación de Investigadores de Las Palmas (INVEPA).

En el camino se han ido integrando más personas, asociaciones e instituciones que dan apoyo a la realización del Ciclo Mujer y Ciencia, de allí la necesidad de crear una Asociación que integre todo este esfuerzo que permita desarrollar  otros proyectos que visibilicen la labor que han realizado a lo largo de la historia mujeres científicas e investigadoras, no solo en Canarias, sino a nivel nacional e internacional.

En 2020 y a propuesta de nuestra Vicepresidenta, Carla Patricia Rivas Sequeira, nace nuestra asociación. 

Kamala Harris, la vicepresidenta que rompe los techos de cristal

La primera mujer ‘número dos’ de la Administración atribuye parte de su logro a “las que vinieron antes”

Kamala Harris se vistió de feminismo y unidad para hacer historia. La primera vicepresidenta de Estados Unidos llegó a las escalinatas del Capitolio protegida por un abrigo color morado, símbolo de la lucha por la igualdad de género y el color que se forma de la unión entre el azul demócrata y el rojo republicano.

A las 11.40 de este miércoles, Harris rompía tres techos de cristal: se convertía en la primera mujer en jurar como número dos de la Casa Blanca, también en ser la primera persona negra y de origen asiático en lograr la vicepresidencia del país. Horas antes, publicó un vídeo en las redes donde agradecía su logro a “las mujeres que vinieron antes”. El mayor reconocimiento se lo dedicó a su madre, Shyamala Gopalan, quien a los 19 años llegó a Estados Unidos desde la India, con la creencia de que en ese país “un momento como este es posible”.

Con el rostro solemne —solo se quitó la mascarilla para asumir el cargo— y la mano en alto, Kamala Devi Harris (Oakland, California, 56 años) juró sobre la Biblia del juez Thurgood Marshall, el primer afroamericano en formar parte del Tribunal Supremo. En sus memorias, Harris lo califica como uno de sus héroes, una inspiración para su activismo político. En 1992 le escuchó en un discurso: “No podemos jugar al avestruz. La democracia simplemente no puede florecer en medio del miedo”. Su testimonio la empujó a sembrar una carrera de éxitos que se contará en los libros de Historia: fiscal de distrito, fiscal del Estado, senadora, y desde este miércoles la primera vicepresidenta de Estados Unidos.

“Lista para servir”, escribió Harris en su nueva cuenta de Twitter, @VP, tras jurar el cargo ante la jueza Sonia Sotomayor, la primera hispana en el Supremo. Gracias a Harris, también ha hecho historia su marido, Douglas Emhoff, convertido en el primer segundo caballero. Antes de la ceremonia, el expresidente Barack Obama susurró a Harris: “Estoy muy orgulloso de ti”. Las mascarillas no ocultaban la emoción de ambos mientras chocaban sus puños cubiertos por guantes en la fría, pero luminosa, jornada de investidura.

En una jornada plagada de simbolismos, Harris llegó al edificio federal escoltada por el afroamericano Eugene Goodman, uno de los agentes que se enfrentó a los atacantes del Capitolio e intentó evitar que llegaran hasta el Senado. El rostro del heroísmo en uno de los episodios más oscuros en la historia del país. Al terminar, su antecesor, el republicano Mike Pence, la acompañó mientras bajaba las escalinatas. Era la imagen de la transición entre los dos números dos, después de que Donald Trump se negara a participar en la investidura.

La vicepresidenta juró en el Congreso, que deberá frecuentar más de lo acostumbrado. En las últimas elecciones, el Senado quedó dividido en 50 escaños para los republicanos y otros 50, incluidos dos independientes, para los demócratas. Harris podrá romper cualquier posible empate en favor de su partido, dado que su nuevo cargo implica ser también la presidenta de la Cámara alta.

En las militarizadas calles del centro de Washington aparecían algunas jóvenes con camisetas de Harris o de la Universidad Howard, su primer hogar académico, buque insignia de la educación negra. Arlynne Maxwell, blanca de 40 años, viajó desde Utah para participar en la ceremonia, aunque fuera a distancia. En una mano cargaba un ramillete de rosas rojas y en la otra, un cartel en el que se leía: “Queridas mujeres de color, gracias a las mujeres de color”. “Ellas salvaron nuestra democracia, votaron en cifras récord por un equipo que devolverá la decencia y honestidad a la Casa Blanca”, sostiene Maxwell frente al cerco policial que impedía el paso a la avenida Pensilvania, donde tradicionalmente se celebra el desfile inaugural, suspendido en esta ocasión por la pandemia y también por motivos de seguridad.

Guiño universitario

En la calle U, cerca de la Universidad Howard, varios puestos improvisados vendían camisetas con el rostro de la exalumna Harris. Hace un año, en los jardines del centro educativo, la ahora vicepresidenta anunció su candidatura a la presidencia. Los guiños a su universidad siguieron este miércoles, cuando Harris lucía collar y pendientes de perlas. Precisamente, con el nombre de Veinte Perlas se conocía a las fundadoras de la hermandad Alpha Kappa Alpha, AKA, la primera con letras griegas para afroamericanas y de la que Harris formó parte cuando estudiaba la carrera de Derecho.

Hay muchas expectativas puestas en la figura de Harris. Joe Biden, de 78 años, ha sugerido que será presidente solo un mandato. Si se cumple, el camino de la vicepresidenta para la carrera presidencial de 2024 estaría despejado. Podría exhibir el legado de esta Administración, que promete sanar a Estados Unidos con un colosal proyecto económico y social. Arropada por su partido, Harris sería la candidata para romper el techo de cristal de la Casa Blanca que ha mantenido a las mujeres al margen del Despacho Oval. Hasta el momento ha tenido éxito rompiéndolos.

La doctora Rachel Levine llega a la Casa Blanca

Biden elige a una doctora transgénero como máxima responsable de salud pública.

Joe Biden ha anunciado este martes la elección de Rachel Levine, hasta ahora secretaria de Salud del estado de Pensilvania, como la próxima secretaria adjunta de Salud de su Gobierno. Levine será la primera persona transgénero en ser elegida para un puesto que requiere de la confirmación del Senado y obtendrá el cargo de mayor jerarquía  dentro del Gobierno de EE.UU. hasta la fecha para una persona transgénero.

«La doctora Rachel Levine traerá el liderazgo firme y la experiencia esencial que necesitamos para que atravesemos esta pandemia -con independencia de su código postal, raza, religión, orientación sexual, identidad sexual o discapacidad- y cubrir las necesidades de salud pública de nuestro país en este momento crítico y más allá», dijo el todavía presidente electo en un comunicado.

Levine se convirtió en máxima autoridad sanitaria de Pensilvania en 2017, cuando el gobernador del estado, el demócrata Tom Wolf, la eligió para el cargo de secretaria de Salud. Antes había sido responsable de salud pública del estado. Para todos esos nombramientos, Levine requirió y consiguió la confirmación del senado estatal de Pensilvania, controlado por los republicanos.

Ahora su nombramiento dependerá de los legisladores del Senado de EE.UU., en la primera ocasión que votarán para confirmar a una persona transgénero. Los demócratas tienen una mayoría mínima, con 50 senadores más el voto de desempate de la que será la presidenta de la cámara baja, la vicepresidenta de EE.UU. Kamala Harris.

GRAVE CRISIS SANITARIA

Levine estará por debajo del que será secretario de Salud, Xavier Becerra, uno de los hispanos elegidos por Biden para liderar su Administración. La próxima secretaria adjunta de Salud será la máxima responsable en materia de salud pública, supervisará a las diez oficinas regionales del departamento y al Cuerpo Comisionado del Servicio de Salud Pública de EE.UU., el servicio uniformado de salud del país.

Levine estará al frente de esos esfuerzos en la mayor crisis sanitaria del país en el último siglo. La pandemia de Covid-19 ha superado los 24 millones de casos y ronda los 400.000 fallecimientos.

La elección de Levine es un paso adelante en la representatividad de las personas transgénero en cargos públicos de EE.UU. En las elecciones de noviembre, fueron elegidas o reelegidas para cargos estatales en Arkansas, California, Colorado, Delaware, Illinois, Kansas, New Hampshire y Vermont. Son un total de 32 legisladores o altos cargo, frente a los 28 anteriores, según los datos de LGBTQ Victory Fund.

ABC

VACUNAS CON FIRMA DE MUJER

Últimamente hablamos mucho de vacunas por lo que tú ya sabes (guiño-guiño). En estos meses hemos conocido que los descubrimientos de una científica húngara llamada Katalin Karikó han sido fundamentales para desarrollar las vacunas de Moderna y Pfizer contra la covid-19. También que Kathrin Jansen es la científica que lidera el equipo de investigación y desarrollo de vacunas de Pfizer. Y que otra científica, Sarah Gilbert, lidera el equipo que trabaja en la vacuna de Oxford. Como cuenta Bloomberg, son mujeres las que están liderando el desarrollo de las vacunas que nos liberarán de esta pandemia, pero no son ni mucho menos las primeras que han trabajado en otras vacunas que también han salvado millones de vidas.

A menudo se nos olvida que si ahora tenemos unos mejores niveles de vida es, en buena parte, por las vacunas. Que generaciones anteriores a la nuestra y nosotros mismos nos hayamos vacunado desde pequeños hace que algunas enfermedades que estuvieron muy presentes en la vida de, sin ir más lejos, padres o abuelos, sean algo completamente desconocido para nosotros. Recuerdo perfectamente preguntar de pequeña por qué una de las hermanas de mi abuela es coja. “Es que tuvo la polio”. Mi yo infantil no entendía qué era eso. “Era una enfermedad que había antes”, me contestaron. También recuerdo la cicatriz en el brazo de una de mis tías por la vacuna de la viruela. Si no sabía lo que eran era precisamente porque las vacunas habían funcionado.

Aunque se atribuya el descubrimiento de las vacunas a Edward Jenner, hubo una mujer que, bastantes años antes que él, llevó a Inglaterra desde el Imperio Otomano la técnica de la variolización (la inoculación del virus de la viruela en personas sanas). Como muestra esta línea temporal de la historia de las vacunas creada por el Colegio de Médicos de Filadelfia, era una técnica que se venía usando en China e India muchos siglos antes, y que llegó hasta Constantinopla, donde Lady Mary Wortley Montagu (1689 – 1762) la conoció e incluso la aplicó a su propio hijo. Lady Montagu estaba allí debido a que su marido era embajador. 

A la vuelta a territorio británico, Lady Montagu se encargó de convencer a monarcas europeos para que se inocularan, haciendo que la técnica acabara propagándose en Europa de manera previa al descubrimiento de la vacuna. Lady Montague no era científica, pero el método que observó y explicó allá donde no se conocía salvó vidas.

El trabajo de la patóloga Anna Wessels Williams a finales del siglo XIX fue remarcable. Aisló una cepa de la bacteria de la difteria que podía usarse para producir antitoxinas que contrarrestaban la enfermedad. Logró que, un año más tarde de su descubrimiento, la vacuna se produjera de manera masiva y se distribuyera gratuitamente en Estados Unidos. Como cuenta Mujeres con ciencia, la científica no solo contribuyó a la vacuna de la difteria, también a la de la rabia y al mejor diagnóstico de la rabia: para 1898 ya había logrado desarrollar una vacuna que fuera efectiva y que se podía producir de manera masiva. Tras la vacuna, siguió trabajando en el diagnóstico de la enfermedad y sus descubrimientos consiguieron que los resultados de las pruebas llegaran más rápido. También trabajó en investigaciones sobre la gripe, el tracoma, las enfermedades de transmisión sexual, la polio e incluso la gripe española.

Anna Wessels Williams

Hay más descubrimientos logrados por mujeres que fueron cruciales en la lucha contra distintas enfermedades y sus vacunas. Tres científicas fueron las que produjeron las primeras vacunas de la tosferina en EE UU entre los años 1930 y 1940: Grace ElderingPearl Kendrick y Loney Gordon lo lograron en medio de la Gran Depresión, lo que implicó escasez de dinero: como explica este artículode la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, en los primeros momentos de investigación tuvieron que hacerlo en sus horas libres en el laboratorio. Para proporcionarles financiación, unieron a departamentos de salud pública, médicos, agrupaciones ciudadanas y de mujeres y asociaciones de padres y maestros.

GRACE ELDERING, PEARL KENDRICK Y LONEY GORDON

Margaret Pittman identificó seis tipos de una bacteria que causa diferentes infecciones, la meningitis entre ellas; contribuyendo al desarrollo posterior de su vacuna. Como cuenta la Enciclopedia de Arkansas, de donde era Pittman, también contribuyó a la producción, testeo y estandarización de las vacunas que previenen la fiebre tifoidea, el cólera, la tosferina y otras enfermedades, y desarrolló métodos para probar la potencia de las mismas en los laboratorios.

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Margaret Pittman en 1937

En la primera vacuna contra uno de esos tipos de la bacteria, Hib, que causa la meningitis y la neumonía, también participó una mujer: Rachel Schneerson y su equipo que desarrolló la vacuna y que, posteriormente, mejoró para que los bebés pudieran ponérsela de manera efectiva.

Para que la vacuna de la polio se desarrollara de la mano de Jonas Salk, el trabajo de Isabel Morgan fue fundamental. Como explica este artículo de The Conversation, descubrió que la principal ruta de infección y de entrada del virus e inmunizó con éxito a un grupo de chimpancés. Sus estudios fueron la base para que Jonas Salk desarrollara la primera vacuna contra la enfermedad.

Podría seguirte hablando de muchas más científicas: Leone Farrell (sus descubrimientos hicieron posible la creación masiva de vacunas de la polio y, después, del cólera y la disentería), Dorothy Horstmann (descubrió que la polio estaba presente en el torrente sanguíneo de la persona enferma y sentó las bases para el desarrollo de la vacuna), Anne Szarewski (su trabajo demostró que el virus del papiloma humano estaba relacionado con el cáncer de cuello uterino, que permitió el desarrollo de la vacuna para prevenir este virus y el cáncer relacionado), Ruth Bishop (lideró el equipo que descubrió el rotavirus, la causa principal de diarrea severa en niños, lo que propició la búsqueda de la vacuna contra él)…

En 2020 conocimos los nombres de las mujeres que pueden cambiarnos nuestra vida con la vacuna que acabará con esta pandemia. Seguramente sigamos viéndolas en entrevistas explicando todo el trabajo que están haciendo junto a sus equipos. Pero en 2021 podemos seguir aprendiendo los nombres de las que nos cambiaron y mejoraron nuestras vidas incluso antes de que naciéramos.

LA MATRIOSKA DE VERNE – EL PAÍS

GEORGINE KELLERMANN

Lo tenía todo preparado en su cabeza. El día de su jubilación, saldría del armario. Empezaría a vivir la vida que siempre quiso, como mujer, ya alejada de las cámaras de televisión, sin miedo a que se rieran de ella ni a perder el trabajo con el que tanto disfruta. Pero Georgine Kellermann no aguantó. A sus 61 años, la popular periodista de la televisión pública alemana y ahora gran jefa de una delegación territorial sorprendió al país y a sí misma en un arrebato de impulsividad que le ha cambiado la vida para siempre.

Fue durante las vacaciones del año pasado, en septiembre. Kellermann iba a pasarlas en Estados Unidos, un país que conoce bien porque había sido corresponsal allí. Aquel día, para el viaje, se puso pantalones, pero también se maquilló, se pintó las uñas y se calzó unas manoletinas. Al fin y al cabo eran sus vacaciones y no tenía ganas de fingir. Pero cuando fue a coger el tren que le llevaría al aeropuerto, en el andén vio a una compañera de la tele. En circunstancias normales, habría tratado de evitarla, pero esta vez, sin saber muy bien por qué, decidió no hacerlo. Fue directa hacia ella.

  • —Kellermann, ¿es usted?, ¿va disfrazado?
  • —No, soy una mujer.

Aquella respuesta y la sonrisa que iluminó la cara de su colega le dieron alas. En el tren, Kellermann comenzó a rehacer su perfil de Facebook. Ya no era Georg, era Georgine y su foto era la de la mujer que es. Antes de subirse al avión, rumbo a San Francisco, le dio al botón de publicar. “Fue un sueño hecho realidad”, recuerda ahora en la sede de la WDR en Essen, al oeste del país.

En las nueve horas que duró el vuelo de Fráncfort a San Francisco no pararon de lloverle likes. Luego le contaron que mientras, en el trabajo, se llamaban unos a otros y que algunos pensaron que la nueva página era falsa. Ya en San Francisco habló con su número dos por teléfono.

Kellermann en la sede de la cadena WDR en Essen, al oeste de Alemania.
Kellermann en la sede de la cadena WDR en Essen, al oeste de Alemania. MICHAEL ENGLERT

Kellermann es hoy la jefa territorial de la WDR con sede en Essen y tiene a 120 personas a su cargo. Empezó a trabajar para la televisión pública en 1983 y recorrió el mundo ejerciendo su profesión. Estuvo hasta 14 veces en los Balcanes en los noventa, en tiempos de guerra, en Ruanda, en Malí. Fue corresponsal en París hasta 2007 y después en EE. UU. Dice que la guerra nunca le gustó, que siempre le dio miedo, pero que le interesó mucho retratar el sufrimiento de las víctimas en los conflictos, como quedó reflejado en algunas de sus crónicas desde Móstar.

La periodista recibe en su despacho, adornado con una gran bandera estadounidense que fue un regalo de despedida de sus colegas en Washington. Hay también una foto con un ex primer ministro francés y otra con Brigitte Bardot. Junto a la ventana, una maraña de acreditaciones. Sobre la mesa, la alcachofa con el logo de la cadena, dos grandes monitores en paralelo y una taza en la que se lee: Georgine. Al lado, una caja de latón con fotos tomadas por todo el mundo durante sus misiones periodísticas. París, Nairobi, Sarajevo, Kigali. También sobre la mesa, un bolso grande de cuero negro.

Para la cita de hoy, Kellermann había pensado ponerse el traje de chaqueta de falda azul marino con el que posó frente a la Casa Blanca y que ahora irá a parar a un museo de Bonn, pero luego pensó que para el público español igual iba mejor algo más alegre. Así que lleva puesto un traje de minifalda azul pastel y medias con brillo, un collar de perlas y zapatos de punta negros con hebilla y un pequeño tacón. El pelo lo tiene blanco, fino y menguante, y se ha dejado una pequeña coleta tiesa que arranca en la nuca.

Despacho de la periodista que actualmente ejerce de jefa territorial de la WDR con sede en Essen y tiene a 120 personas a su cargo.
Despacho de la periodista que actualmente ejerce de jefa territorial de la WDR con sede en Essen y tiene a 120 personas a su cargo. MICHAEL ENGLERT

Han sido décadas de pretender ser otra cosa, de vivir una vida que no acababa de sentir como propia, pero la transición de Kellermann (Ratingen, 1957) tiene un final feliz. En contra de lo que durante años había rumiado, el mundo no se vino abajo. En su empresa asumieron su decisión sin problemas y, salvo los troles de turno, en las redes sociales recibe un cariño que un año después todavía le arranca la sonrisa. Fue una transición que nació de un impulso posible gracias a un clima social cada vez más propicio y que luego Kellermann fue capaz de ejecutar y compartir con una serenidad y empatía que le ha granjeado el respeto y la admiración de muchos.

“Yo sabía que mi decisión iba a suponer una carga para los compañeros en la oficina”, reflexiona. Llevaba muy poco tiempo al frente de la delegación de Essen. Tres meses y medio antes, el equipo había conocido a su nuevo jefe. Ahora se encontraban con que a la vuelta de las vacaciones su superior era una jefa. Consciente de la magnitud del cambio, Kellermann les escribió una carta desde San Francisco explicándoles que tenía que hacer lo que había hecho, que no podía seguir así. “Les dije, además, que me podían preguntar lo que quisieran, enviarme wasaps o llamarme aunque estuviera de vacaciones”. Algunos le escribieron con preguntas, pero lo que más recibió fueron mensajes de apoyo. “Imagino por lo que debes de estar pasando”, le decían. “Aquello fue muy alentador”, recuerda ahora, todavía con visible emoción.

Kellermann sostiene una foto del pasado en la que aparece trabajando de periodista.
Kellermann sostiene una foto del pasado en la que aparece trabajando de periodista. MICHAEL ENGLERT

Enseguida escribió al jefe de recursos humanos del trabajo. “Soy una mujer y quiero hablar contigo’, le dije. Me contestó que en la empresa hay 4.000 empleados y que había habido algún caso, aunque nunca de nadie tan prominente. Fue muy cariñoso y acabé llorando”. Cuando les preguntó si podría aparecer delante de la cámara, no lo dudaron. Le aseguraron que creían firmemente en la diversidad en los medios de comunicación.

Faltaba el trago del primer día de trabajo. Era un viernes. Kellermann llevaba pantalones y bailarinas. Recuerda cómo en un corrillo con unas compañeras empezaron a discutir sobre tipos de manoletinas. “Fue un alivio, me sentí muy aceptada”. Después de la reunión de las noticias del día, Kellermann tomó la palabra delante de los empleados. “Les conté la historia de mi vida. Cuando terminé, la gente aplaudió”. Al día siguiente, el cartel que cuelga en la puerta de su oficina estaba cambiado: 428. Studioleiterin. Georgine Kellermann. La firma del mail y las tarjetas de visita tampoco tardaron en llegar.

Cuando se le pregunta que por qué no lo hizo antes, Kellermann no se engaña a sí misma. Le daba miedo la reacción de los demás. “Yo trabajo en una posición pública. Me encanta contar historias. Pensé que la gente se iba a reír de mí e iba a tener que dejar de hacer lo que más me gustaba (…) tenía miedo de que, si era quien soy, no pudiera seguir haciendo lo que había hecho durante tanto tiempo. Al final eso resultó ser una idea falsa”.

Su pasión es evidente cuando cuenta sus mil batallas ejerciendo de periodista en los puntos más calientes del planeta. Por un lado estaba el dolor que le produciría la burla, pero además temía perder el respeto profesional, que dejaran de valorar su trabajo y considerarlo serio. “Mi miedo siempre fue que, si salía del armario, cuestionaran mi profesionalidad como un periodista respetable. Mil veces lo anticipé en mi cabeza. La gente se iba a reír por ser quien era y yo no quería que se riesen, porque esto es una cosa muy seria”. Pero aquel día en el andén, el vaso acabó por derramarse. “Me di cuenta de que algo en mi vida iba mal, de que me faltaba algo, y ese algo era la verdad. Ahora ya no tengo que actuar, soy libre. Toda la energía que antes empleaba en fingir, ahora la puedo usar para muchas otras cosas. Ya no vivo con miedo a que me descubran”.

La periodista en uno de los estudios de la cadena donde trabaja.
La periodista en uno de los estudios de la cadena donde trabaja. MICHAEL ENGLERT

Kellermann es de alguna manera una privilegiada. Muchas personas, para hacer su transición, renuncian a su trabajo y a su vida familiar o sentimental. Su acomodada posición laboral era una ventaja, pero a la vez también una cárcel, porque el miedo a perder la profesión que ama era atroz. “Sí, soy una privilegiada, pero ser una persona pública conlleva otras preocupaciones”.

Su vida privada siempre había sido otra cosa. Durante su juventud y vida adulta siempre había sido un hombre en la calle y una mujer en su casa. De puertas para adentro se vestía de mujer. “En cuanto llegaba a casa, lo primero que hacía era ponerme un vestido. Sé que eso no me convierte en una mujer, pero para mí era un símbolo”. Por eso no ha tenido que comprar apenas ropa nueva. El día que salió del armario ya tenía en casa tres llenos de ropa de mujer. Pero mientras en su vida doméstica reinaba la armonía, Kellermann seguía rumiando: “Yo se lo decía a mi pareja: cuando me retire seré la persona que realmente soy. Ella me animaba a dar el paso, pero yo tenía muchas dudas. Ahora está muy contenta”.

Su madre, que ya no vive, lo sabía y Kellermann asegura que estaba celosa de sus piernas largas y delgadas. A su padre no le gustaba un pelo lo que veía, pero la periodista cree que tal vez hubiera cambiado, que en esta transición se ha encontrado con gente de 90 años que le pregunta que por qué no lo hizo antes y que le dice que se la ve muy bien. “Pero hace 20 años se habrían reído de mí”, agrega.

Por eso, aunque su proceso haya sido lento, Kellermann cree que este era “el momento adecuado”. “En los años ochenta la sociedad no era tan tolerante como ahora. Si en vacaciones alguna vez me vestía de forma un poco más femenina, había gente que por la calle me señalaba con el dedo, que se reía de mí. Cuando estaba sentada en una cervecería, una vez escuché: ‘¡Yo le echaría!’. Creo que no hubiera salido bien. Que haya esperado tantos años tiene que ver con que la sociedad también tenía que evolucionar hacia donde hoy está”. En las últimas décadas, el mundo ha cambiado mucho y muy rápido. Y su país, también. “Creo que Alemania es más progresista de lo que creemos. Como tuiteé una vez, es el país que a los retrógrados no les habría gustado que sea”. Cada persona encuentra en su camino vital palancas que la ayudan en su transición. Para Kellermann, un punto de inflexión importante fue la aparición de Conchita Wurst en el festival de Eurovisión representando a Austria en 2014. “No me lo podía creer”. Otro, fue una exposición en el Ayuntamiento de su ciudad sobre un hombre que vestía ropa de mujer en los años treinta y que llegó a los tribunales para pelear por su derecho a ponerse lo que le diera la gana.

A ella le ayudaron también las redes sociales. “Sin ellas no estaría donde estoy. Sé que se habla mucho del odio en las redes, y sí, tengo troles, pero sobre todo mucho apoyo, y eso ayuda mucho. Además, si no, ¿cómo lo haces, alquilas un local gigante y convocas a mucha gente para decírselo?”. Las redes sociales le proporcionaron a Kellermann la distancia que necesitaba. Lanzó la bomba a través de Facebook, en plenas vacaciones y con el océano Atlántico de por medio, dando tiempo a que la noticia fuera digerida.

La primera vez que salió en la pequeña pantalla como mujer fue el pasado abril, durante un reportaje sobre la brigada de bomberos en Bochum, también en el oeste de Alemania. “Era un ambiente muy masculino, pero me trataron con mucho respeto”. Cuando terminó la retransmisión, Kellermann daba saltos de la emoción, no se lo creía. Esos ambientes de compadreo masculino y de machos alfa los ha frecuentado a menudo. Ahora los analiza tal vez con mayor distancia. “Los hombres son muy graciosos. Cuando están en grupo, en los congresos de los partidos, ves cómo se adulan los unos a los otros y se dicen lo bien que lo han hecho”, interpreta con sorna.

El agrio debate sobre el lugar que ocupan las personas trans en el feminismo no le resulta desde luego ajeno. Kellermann se considera feminista cuando se trata de defender los derechos de las mujeres. “Es que no entiendo una sociedad que pueda tratar de manera desigual a hombres y a mujeres. Ahora, durante la pandemia, son las mujeres las que han tenido que cargar sobre todo con la familia, la casa… Pero si me preguntas si a mí me han tratado mal, si he sido discriminada como otras mujeres, te diré que no”. Asegura que no comulga con lo que llama el feminismo de vieja escuela, “pero afortunadamente no es el único tipo, también hay feministas que por ejemplo aprueban el trabajo sexual”. “Yo entiendo que para ellas [las feministas clásicas] soy un señor que se pone vestidos, y entiendo su razonamiento, pero en realidad son tan poco progresistas como los derechistas que no toleran a la gente diferente”, argumenta la periodista alemana.

Pero Georgine Kellermann no es de las que se recrean ni mucho menos en las diferencias ni en las divisiones; lo suyo es un vitalismo contagioso, propio de quien está dispuesta a exprimir la vida. Para la sesión de fotos se atusa el pelo y se pone las gafas porque piensa que se ve mejor. Antes, ha pasado por la maquilladora. Posa con la profesionalidad y paciencia de quien lleva años enfrentándose a las cámaras. Es evidente que lo hace en parte por la emoción de la novedad, pero sobre todo, por quienes llama sus “hermanas”, aquellas que, como ella en el pasado, se sienten atrapadas en una vida que sienten que no acaba de ser la suya. A quienes están en la misma situación que ella estuvo hace no tanto y no saben si pueden contar con la complicidad de su familia, sus amigos o su empresa, les aconseja: “Hacedlo con cuidado”. Pero también les recuerda algo: “Al final se trata de uno mismo, no de la sociedad ni de tu familia”.

EL PAÍS SEMANAL

Rukhmabai, de novia infantil a médica y activista

Rukhmabai tenía apenas 11 años cuando su madre decidió que ella debía contraer matrimonio, como dictaba la tradición de su casta familiar. La chica había nacido en Bombay hacia el año 1864. Cuando era apenas todavía un bebé, su padre falleció. No obstante, su madre volvió a casarse un tiempo más tarde gracias a que los miembros de su grupo social permitían el matrimonio de viudas.

La pequeña acompañó a su madre cuando esta formó un nuevo hogar junto a Sakharam Arjun. El padrastro de la niña gozaba de cierta notoriedad en la ciudad. Era médico y distinguido por sus labores como activista social. Sin embargo, las ideas progresistas del nuevo esposo no fueron suficientes para debilitar las concepciones tradicionales de la madre.

Ella insistía en que su hija debía casarse lo antes posible, de acuerdo a las costumbres de su casta. A pesar de las retistencias, comenzó los preparativos para convertir a Rukhmabai en una mujer casada.

El novio escogido fue Dadaji Bhikaji, un joven de 19, primo de Sakharam Arjun. A pesar de este vínculo sanguíneo, el esposo de su madre se convirtió en un valedero apoyo para evitar que la joven fuese sometida a lo que él consideraba una vida poco acorde “con los tiempos”.

Luego de extensos preparativos y acuerdos, el padrastro logró que la familia del novio aceptara enviarlo a vivir con él, su esposa e hijastra. El médico se encargaría de mantener a la pareja durante el tiempo necesario para que el joven adquiriera una “adecuada” educación que le permitiera estar al nivel cultural de su prometida. Aunque había muchas expectativas respecto al muchacho, no parecía muy interesado en las nuevas posibilidades a su alcance.

Seis meses después de la ceremonia, Rukhmabai tuvo su primera menarquia. La tradición establecía que tras ese momento los esposos debían consumar el matrimonio a través de un ritual ceremonial. El doctor Arjun se opuso rotundamente pues la chica todavía no cumplía los 12 años.

La decisión del jefe de familia prevaleció pero el novio, con 20 años, quedó contrariado. Comenzó a faltar a las clases que recibía gracias a los contactos de su familia política y, tras la muerte de su madre, decidió vivir con una tía que le impulsó a los juegos de azar. Poco a poco el joven acumuló cuantiosas deudas que cubrió despilfarrando la dote que acompañaba a su esposa.

Sin embargo, por aquella misma época, Rukhmabai continuaba estudiando en casa bajo la tutela de su padrastro. El doctor Arjun la impulsó a conseguir libros en una biblioteca organizada por la Misión Free Church a la cual el gobierno británico, entonces metrópolis de la India, permitía operaciones.

Además, asistía a eventos donde mujeres de alta jerarquía social abogaban por los derechos femeninos, así como otras reuniones que ampliaron su percepción sobre la realidad social. Un poco más tarde, se negó a abandonar la residencia familiar para ir a la casa de Bhikaji según la costumbre. Una vez más tuvo el apoyo de su padrastro.

Un largo divorcio

A mediados de marzo de 1884, el esposo de Bhikaji contrató a dos prestigiosos abogados de la época. A través de ellos envió un aviso legal a Sakharam Arjum para que le permitiera que su esposa se reuniera con él. La familia de Rukhmabai buscó ayuda con el bufete Payne-Gilbert, quienes consiguieron distender un poco más la separación.

El conyugue no aceptó esta nueva negativa y, a finales de 1885, consiguió presentar su caso ante un juzgado. El letrado a cargo de decidir la situación realizó una extensa investigación. Si bien encontró varios ejemplos en la ley británica sobre la anulación de un matrimonio contraído por la fuerza durante la infancia, no halló homólogos en la hindú.

Finalmente, y contra las expectativas el juez dictaminó que Rukhmabai no había consentido en ser casada en su “indefensa edad”. Y por lo tanto, no podía ser obligada a mantener la unión.

Poco tiempo después, la decisión llegó a los periódicos locales y en breve a los de alcance nacional. La críticas al respecto fueron diversas pero las más sonantes recriminaban al abogado por desconocer las leyes y costumbres indias en detrimento de las británicas. Una nueva apelación, de parte del novio, no se hizo esperar.

Esta vez, Bhikaji expuso sus demandas ante el Tribunal Supremo. No obstante, Charles Sargent, presidente de la institución jurídica, ratificó el veredicto anterior. Para 1887, un juez indio decretó que la joven debería reunirse con su marido y vivir junto a él o enfrentar la cárcel durante seis meses.

Rukhmabai respondió a este mandato que prefería la prisión a aceptar el veredicto. Las decisiones de la muchacha, su familia y los letrados se habían ganado en puesto en el seno de grandes debates públicos y sus palabras causaron agitación y cuestionamientos sociales.

Algunos medios locales afirmaron que esta actitud desafiante no era más que el resultado de una educación inglesa. Para muchos, “el verdadero hinduismo” estaba en peligro. La siguiente apelación de la chica estaría dirigida directamente a la reina Victoria.

La soberana inglesa anuló todos los tribunales compuestos para analizar el caso y disolvió oficialmente el matrimonio. Rukhmabai agradeció esta disposición mediante una carta pública que una vez más elevó los ánimos entre sus contemporáneos.

Más allá de todo esfuerzo, en julio de 1888 Bhijaji desistió formalmente a sus reclamos de vida conyugal. No obstante, un acuerdo le otorgó dos mil rupias por su renuncia.

La determinación de la joven y el apoyo familiar que recibió, así como el debate público, fueron claves para generar una reforma interna. Gran Bretaña y la India finalmente se abocaron la búsqueda de medidas que frenaran el elevado número de matrimonios infantiles. Como resultado, en 1891 se promulgó una “Ley de edad de consentimiento” que elevó de 10 a 12 la edad en que las niñas podían decidir o ingresar a una unión conyugal.

La ciencia como nuevo horizonte

Aunque el proceso de separación fue largo y desgastante, Rukhmabai seguía siendo impulsada por su allegados a elevar su educación. Poco a poco, se hizo muy cercana a la doctora Edith Pechey. Junto a ella, se involucró en diferentes proyectos para recaudar fondos que facilitaron su acceso a la educación superior. Más adelante, también obtuvo una ayuda económica de parte de los defensores del sufragio universal en la India.

Luego de varias estrategias, la joven recaudó el dinero suficiente para pagar sus estudios. En 1889, se trasladó a Inglaterra con el objetivo de licenciarse en Medicina.

Hacía el año 1894 obtuvo su doctorado en dicha especialidad en la Escuela de Medicina para mujeres de Londres. Además, recibió amplia preparación en el Royal Free Hospital de la capital británica. A pesar de que otras dos mujeres de su país se habían graduado en dicha institución, solo una de ellas llegó a practicar la profesión. Por lo tanto, Rukhmabai se convertiría en la segunda mujer india en convertirse en médica.

Un año tras su graduación determinó que era el momento de volver a casa. A su regreso, le ofrecieron el puesto de Directora Jefe del Hospital de Mujeres de Surat. Luego de estas fechas su recorrido se hizo constante, encaminado siempre hacia el trabajo.

Con el paso del tiempo, sería candidata para cargos más prestigiosos. En 1918 fue seleccionada para una posición en el Servicio Médico de la Mujer, a título real. Sin embargo, declinó la oferta con el objetivo de trasladarse al Hospital Estatal para Mujeres Zenana,  en Rajkot.

En esa región fue una de las impulsoras del establecimiento de la Sociedad de la Cruz Roja. Finalmente, alcanzó a ver este objetivo materializarse.

Poco más de una década transcurriría hasta el retiro de Rukhmabai. Al obtener su jubilación, finalmente regresó a Bombay, su ciudad natal. Desde ahí se encargó de ver salir a la luz su panfleto “Purdah-la necesidad de su abolición”. En este documento defendía la necesidad de que las jóvenes viudas tuvieran más oportunidades de contribuir activamente a la sociedad india.

Sus labores como activista social y defensora de los derechos de la mujer continuaron hasta su muerte, el 25 de septiembre de 1955. Curiosamente, llegó a su lecho final vestida con un sari blanco. Había adoptado el uso de la prenda tradicional destinada a las viudas, luego de conocer acerca del deceso de Bhikaji en 1904.