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ESCRIBO, LUEGO EXISTO LEO, LUEGO EXISTE EL OTRO


Mientras escribo este artículo siento que sigo vivo, que aún permanezco atento a lo que pasa y a lo que me pasa. Borges decía que “escribo pese a las palabras” y esa forma de pensar en la escritura me agrada enormemente porque lo importante, lo verdaderamente importante es utilizar las palabras para contar algo que […]

Autor: «Juan Carlos de Sancho, CEO Omayra Sánchez» descargar pdf Descargar pdf. Publicado el Abr 16, 2005 en Lectura y Biblioteca (Revista 8) | 0 comentarios

Mientras escribo este artículo siento que sigo vivo, que aún permanezco atento a lo que pasa y a lo que me pasa. Borges decía que “escribo pese a las palabras” y esa forma de pensar en la escritura me agrada enormemente porque lo importante, lo verdaderamente importante es utilizar las palabras para contar algo que valga la pena, un sentimiento, una idea, una certeza, una perplejidad. Lo que sea, pero contar algo. Las palabras no deberían ser un obstáculo para nuestro pensamiento, sino una liberación del ánimo, un encuentro agradable con nuestras propias intuiciones o deseos. Las palabras son el vestido de nuestros pensamientos así que no es muy recomendable quedarnos en el corte y confección de las mismas, ni estar demasiado tiempo ocupados en el estudio de los patrones y las medidas. Corremos el riesgo de olvidarnos del pensamiento. El pensamiento es la entidad de las palabras, su movimiento, su ritmo interno, su baile, su diversión y su tristeza. Los trajes sin cuerpo sólo están en las revistas de moda o en los Grandes Almacenes. Las ideas necesitan palabras para vestirse, pero si nos quedamos sólo en la vestimenta nos olvidaremos rápidamente de quien la lleva puesta.

El fracaso de la lengua en las escuelas tiene mucho que ver con el exceso de clases de corte y confección de palabras, pero no de ideas. Desde la Revolución Industrial todo el pensamiento occidental ha sido influido por este pensamiento científico, experimental. Las clases de lenguaje, durante décadas, han sido un sufrimiento para el alumnado debido al excesivo análisis que hemos hecho de las palabras y sus infi nitos códigos y combinaciones. “De tanto analizar la frase nos hemos olvidado de lo que dice la frase”- comentaba el gran poeta portugués Miguel Torga. El propio Lázaro Carreter defendía una enseñanza más lúdica, más poética de la lengua, dejando los tecnicismos para una época posterior (casi universitaria). Para Carreter lo importante es que el alumno utilice las palabras para hablar y escribir sobre lo que le preocupa y para conocerse a si mismo. Pero eso no ha ocurrido así: hemos criado cuervos, no mariposas. Miremos las estadísticas. La mayoría de los alumnos no saben expresarse. Según el escritor Juan José Millás “utilizan sólo diez o doce palabras para expresar lo que saben”. El fracaso es evidente. Es urgente un cambio metodológico. Radical. Innovador.

Con la lectura ocurre lo mismo. Una generación audiovisual, ajena a la poesía del vivir, pragmática y consumista, individualista y poco cooperativista, descubre en el libro un nuevo obstáculo, una pesadez. La imagen en movimiento, la televisión basura, ha limitado su campo imaginativo, su deseo de soñar. A los alumnos les cuesta leer. Es un esfuerzo en el que no encuentran recompensa: no han descubierto que leer es la mejor manera de tomar conciencia de la existencia del otro. ¿El otro? ¿Cómo descubrir la existencia del otro a través de la lectura si lo único que me importa soy yo mismo? En las sociedades de la abundancia, donde el culto al yo supera todos los límites del absurdo, la lectura debería ser enseñada como una terapia para la comprensión de la vida ajena, de las diferentes ideas que conviven a nuestro lado. Lectura para abrir nuestro espíritu a la tolerancia, al respeto a la existencia del otro, del más cercano y del más lejano. Leer para tomar conciencia de los “universales concretos” que definen a los seres humanos: la vida, la muerte y el amor. Según Ernesto Sábato es en esos universales donde se mueven todos los argumentos de la literatura. Leer para saber vivir, para disfrutar del conocimiento del mundo.

Escribo, luego existo. Claro que sí, con la libertad de escribir lo que me de la gana, sin censura, sin el miedo a la descalificación por una falta de ortografía o por desconocer lo que es un hipérbaton, un pluscuamperfecto o un acento diacrítico. Escribir sin el yugo de la técnica del lenguaje. Escribir para saber de mí, para tener conciencia de mis propias ideas, de mi sentido crítico. Escribir para inventarme, para saber que estoy vivo.

Leo, luego existe el otro. Y al saber del otro alivio mi pesar, me solidarizo, aumenta mi tolerancia y mi sentido de la cooperación universal. Leer para renacer en el otro, para ampliar mi campo de visión, par eliminar fanatismos y soledades. Leer para disfrutar de lo inaccesible. “La lectura es para la mente lo que la gimnasia es para el cuerpo”- escribía Benjamín Franklin. Disfrutemos de esta gimnasia que nos trae la buena literatura. Participemos con nuestros alumnos de la magia de la lectura. Disfrutemos de la existencia del otro. Sólo con un gesto. Abriendo ahora mismo un libro

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